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MIREN | SUPERVIVIENTE DE LA VIOLENCIA MACHISTA

“Estaba enganchada a mi maltratador”

Miren muestra la declaración oficial de víctima de violencia machista.

Miren, de mediana edad y natural de Durango, sufrió un brutal maltrato físico y psicológico durante cerca de diez años, hasta que se alejó de su marido. Pero no fue ella la que dijo ¡basta! Fue el ogro quien la apartó de su vida. “Estaba enganchada a mi maltratador”, reconoce.

Hay muchas personas que se preguntan cómo esto es posible. La incomprensión es normal porque la situación no cabe dentro de ninguna lógica y es que se trata de una dependencia hondamente emocional. Las víctimas repiten un patrón y viven un mismo proceso: el psicópata (no es un enfermo, sino un abusón) produce en la mujer el ‘síndrome de la rana hervida’.

¿De qué se trata? Si a una rana se le echa a una cazuela con agua hirviendo, saltará de inmediato y huirá. Pero si se la pone en agua tibia y luego se lleva a ebullición, no percibirá el peligro y se cocerá hasta morir. Es decir, los malos tratos comienzan por situaciones difícilmente identificables y, según la mujer se acostumbra a ellas, la violencia va escalando hasta llegar a sus formas más extremas.

Esta víctima duranguesa de la violencia sexista lamenta no haberse dado cuenta a la primera señal, el “primer agarrón de la camiseta”. Como al principio todo es perfecto –no puede ser de otra manera para seducir a la víctima– y estaba enamorada, tomó esa brusquedad por amor.

Luego vinieron las tortas ‘educativas’ por no haber hecho las cosas al gusto del señor. “Si dices algo que a él le fastidia, te acusa de falta de respeto” y ¡plas, plas! De ahí a agresiones físicas más violentas: “Estando embarazada de poquito, recuerdo que me dio dos patadas en la espalda”.

Sobrevivir a la tortura

En ese punto, la rana de la parábola ya está derrotada y lo único que piensa es en sobrevivir en ese entorno de tortura. “Empiezas a llevar una vida normalita y discreta” para que no se “altere”.

Tenían una hija y también empezó a ser violento con ella. Entonces, fue cuando le saltaron las primeras alarmas (algo habitual también en las víctimas de maltrato). “Sacas las garras y dices: A ella, no”.

La primera agresión a la niña ocurrió un día en que Miren le hizo un comentario intrascendente: “Jo, ya me ha perdido dos albornoces”. La pequeña, “una niña muy buena”, recibió “una paliza del trece”. A partir de ahí, comenzó a vivir en el terror, escondiéndose debajo de la cama o en un armario cuando su padre llegaba a casa.

Ni con esas fue capaz de dejarlo. Ni el maltrato a la pequeña, ni las palizas constantes, ni el hecho de que él se apropiara del dinero o de que saliera con otras mujeres y estuviera desaparecido noches enteras… Así de cocida estaba ya la rana. Tampoco se lo planteó cuando llegó a casa borracho una noche y le puso una pistola en la sien. “No le di a ese hecho la importancia que ahora le veo”.

Ella soportaba dificultades añadidas como haberse ido a vivir a un país europeo del que él es originario, no tener empleo (decidieron que ella se quedaba en casa porque las guarderías son muy caras) ni apoyo familiar, ni de otro tipo. Dependía de las escasas cantidades de dinero que él tenía a bien darle para las compras básicas.

La Policía: “las discusiones se arreglan en la cama”

En varias ocasiones, las palizas llegaron a ser tan salvajes que tuvo que acudir sola, “como una vagabunda”, al hospital. “Me hicieron partes que decían: ‘Lesiones que dice que le ha producido el marido’ o ‘lesiones varias”, sin más especificación. Se da cuenta de que en ese momento empezó a sentir miedo.

Un médico le recomendó que se divorciase o que volviese a su país. También acudió a la Policía. Allí le dijeron que “las discusiones en las parejas son normales y las cosas se arreglan en la cama”. También le instaban a no denunciar no fuera a ponerse más violento. Era el año 2004 y no existía la concienciación y el conocimiento que tenemos ahora acerca de la violencia machista.

Fueron siete años de tortura constante que le llevaron a una depresión, a consecuencia de la cual él la internó en un psiquiátrico durante dos semanas. “Estábamos en una habitación varias mujeres. Todas teníamos el mismo problema”. Fue entonces cuando empezó a tomar antidepresivos. Hasta hoy. Un psiquiatra le apremió: “¡Basta ya, no estás loca. Lo que no interesa se deja!”

Poco después retornó a su país. No a Durango todavía, donde vive actualmente. Fue su maltratador quien le empujó a viajar a otra población peninsular para veranear con sus padres. Llegado el otoño, él le espetó que ni se le ocurriese regresar.

Y se quedó sola, sin recursos, deprimida y con una niña pequeña a su cargo… Al poco tiempo sufrió otro duro golpe: la muerte de su madre, su principal apoyo. No le quedó más remedio que convivir con su padre, otro machista “de la orden del patriarcado”.

“Me costó mucho, mucho, darme cuenta de todo lo que había pasado y lo logré gracias al feminismo”

Llegada a este punto, se encontraba en un estado de desamparo total… Y con nostalgia de su maltratador. Añoraba tener/ser una familia, aunque fuera dañina y desestructurada. Eso era lo que le habían inculcado en su casa como valor principal y que también ella le había transmitido a su hija, que se quejaba de ser la “única de su clase que no tenía padre”.

Y así era, literalmente. Porque Miren tuvo que sacarla sola adelante como pudo. El dejó de pagar la pensión alimenticia con la excusa de que no tenía dinero y, por falta de medios materiales, la niña no pudo llegar más allá de la enseñanza obligatoria. “El se lo quedó todo, incluso los 30.000 euros que me dieron mis padres cuando me fui a su país. Ha hecho dinero a mi costa. Me lo quitó todo, el dinero y la autoestima”.

Esta duranguesa ha sufrido violencia física, psicológica, económica, institucional y vicaria (agredir a la niña para dañarla a ella). Quizá no quede ninguna de las violencias machistas que existen en el catálogo a la que no haya que ponerle una equis en su caso. Producto de todo ello, cayó “hasta el fondo de los fondos”, pensamientos de suicidio incluidos y, después de más de veinte años, aún arrastra secuelas psicológicas.

“Me costó mucho, mucho, darme cuenta de todo lo que había pasado”. Lo logró “gracias al feminismo”, subraya. Un tiempo después de regresar, comenzó a frecuentar grupos de mujeres y a “poner nombre” a todo lo que había vivido. El feminismo la empoderó y, al ver hoy en día su aspecto físico, cómo habla y cómo piensa, parece mentira que haya podido pasar por todo eso.

Reconocimiento oficial de víctima

Pero así fue y ha podido probarlo. Con esa documentación acreditativa y teniendo en cuenta todas las pérdidas de oportunidades y recursos que la violencia le ha infligido, acaba de obtener el reconocimiento de su condición de víctima de violencia de género a través de informes de los servicios sociales y con la rúbrica del Gobierno vasco.

Un documento que ha sido tramitado de forma rápida y que, no sólo es reparador, sino que cree que sirve para “tapar bocas”. Callar a todas las personas que no la creyeron. Una acreditación por “una pérdida de vida” y que ha sido posible por “el avance en la compresión de lo que supone la violencia de género, porque hasta hace poco tenías que tener sentencias judiciales que lo acreditaran”, matiza.

Está muy, muy satisfecha con la resolución y, aunque lo que se le presenta no es fácil –nunca lo ha sido– se ve capaz de encarar la vida con más optimismo y confianza. La rana se ha convertido en guerrera. La víctima, en superviviente.

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