Vicente Ferrer: un modelo y una herencia

Comparto con muchas personas -también con Honorio Cadarso, a quien felicito por su sentido y profundo artículo- la idea de que con la muerte de Saramago el mundo se ha quedado con menos voz para decir y gritar las injusticias, pues sus  libros, independientemente de si estamos de acuerdo con ellos o no, siempre nos llevarán a la reflexión y a plantearnos cuestiones básicas sobre nosotros mismos y el sentido de nuestra existencia.

Pero dicho lo anterior, hoy quiero glosar con breves retazos la figura de Vicente Ferrer por ser un modelo de altruismo y una herencia de diálogo intercultural e interreligioso a continuar.

Vicente Ferrer (Barcelona, 9 de abril de 1920 – Anantapur, India, 19 de junio de 2009 ) está considerado  como una de las personas más activas en la ayuda, solidaridad y cooperación con los desfavorecidos del tercer mundo. Ha desarrollado su actividad principalmente en la India, donde llegó en 1952 como misionero jesuita.

Su muerte -como muy bien señala el teólogo Juan José Tamayo- deja una serie de lecciones a aprender por los ciudadanos y ciudadanas que vivimos cómodamente instalados en las sociedades satisfechas con la conciencia del deber cumplido por el mero hecho de pertenecer a alguna organización benéfica, pero sin cambiar un ápice nuestro estilo de vida.

  • La primera enseñanza de Vicente Ferrer es que la pobreza constituye el hecho mayor de nuestro tiempo y el principal desafío al que la humanidad debe responder a través de los organismos internacionales, de los gobiernos locales y de actitudes solidarias tanto a nivel personal como de grupo.
  • La segunda lección es la práctica de la compasión, que no consiste en sentir lástima o pena de la pobre gente desde fuera de su mundo, sino en ponerse en el lugar del otro y en estar siempre de su lado, asumiendo sus causas como propias, aun a riesgo de exponer la propia vida.
  • La tercera enseñanza es su compromiso en la lucha contra la pobreza, no por vía benéfico-asistencial o meramente caritativa, sino de transformación estructural. Un compromiso que no se queda en la superficie del problema, sino que va a las raíces de la injusticia, para que no se reproduzca ni se perpetúe. 

En ese compromiso implicó a los sectores populares oprimidos, que dejaron de ser objetos pasivos de caridad para convertirse en actores de su propia liberación, personal y comunitaria, cultural y política, social y económica. Fue precisamente el protagonismo popular el que aseguró el éxito de la mayoría de las iniciativas puestas en marcha por Vicente Ferrer.
 
Ahora los testigos de su obra, como él, tampoco esperan y salen a buscar el Nobel de la Paz 2010. ¡Ojala lo consigan¡ Sería un reconocimiento a una obra que tiene la capacidad de seguir cumpliendo sueños.

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Isidoro Sánchez es responsable de Administración y Servicios de San José Jesuitak Ikastetxea

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