De aquellos barros estos lodos

Este fin de semana ha comenzado la competición en deporte escolar. Miles son los niños que el viernes tardaron más de lo habitual en conciliar el sueño pensando en su debut como futbolistas, jugadores de basket, balonmano, atletas, etc. Unos cuantos, o esos mismos, también se pasaron el viernes probándose sus equipaciones nuevas y otros tantos los aitas que sacrificados han organizado sus agendas para un sexto día a la semana volver a madrugar, desplazarse al colegio de lado o al centro escolar de turno incluso a más de 30 kilómetros de distancia para ver a su pequeño o pequeña disfrutar del deporte.

Esa es la cara amable del deporte escolar y del deporte de formación en general y con la que me gustaría quedarme. Claro que luego te encuentras otras muchas cosas por el camino como aquellos entrenadores que anteponen el resultado a la formación, arbitrajes con intención, aitas que sólo se preocupan de lo que aportan sus hijos y no del trabajo de equipo, etc.

Y de aquellos barros estos lodos. Permitidme ir todavía una semana atrás en el tiempo. El 1, 3 y 4 de noviembre se disputó el campeonato de Euskadi cadete de selecciones territoriales en La Casilla. Allí había muchos representantes de Durangaldea y en chicos se llevaron el campeonato y en chicas el subcampeonato -enhorabuena a todos ellos-. No entraré en cuestiones deportivas pero sí en el comportamiento que se repitió incesantemente en la grada y que me dejó preocupada.

El caso es que en este tipo de campeonatos el organizador debe tener un servicio de estadísticas para informar a los entrenadores al final de cada cuarto y ellos analizar dicha información y valorarla en la medida en la que lo consideren oportuno. Había también ojeadores y periodistas a los que dicha información también es habitual ofrecérsela. Hasta ahí, todo correcto. El problema llega para mí cuando aitas y amas de las criaturas solicitaban dichas estadísticas en los descansos y en los finales de partido. Obtener dicha información era poco menos que vital… y la reflexión es: ¿Y para qué?

Vamos a ver. Soy consciente de que muchos de ellos pueden tener conocimiento del deporte de la canasta y puedan hacer una lectura analítica de las estadísticas como para poder una valoración de lo que ha sucedido a lo largo del encuentro. Pero, insisto, ¿para qué necesita un padre o una madre esa información? ¿No le vale con haber visto el encuentro? ¿No basta con animar a su hijo y al equipo en el que juega? ¿No es suficiente con tener la sensación de que su hijo se ha esforzado, de que ha cogido muchos rebotes o que ha metido unas cuantas canastas? ¿O que simplemente ha hecho lo que ha podido? Pues parece que no. Ahora lo que vale es saber cuántos puntos ha anotado exactamente, si en lugar de coger unos cuantos rebotes en concreto han sido 12 rechaces o de si en lugar de tener la sensación de haber jugado 8 minutos lo que realmente ha estado en pista son 12, por no hablar de posibles comparaciones con compañeros de equipo… Y todo eso, ¿con qué objetivo?

De aquellos barros estos lodos. Empiezan los aitas en deporte escolar apuntando los puntos de su hijo, fijándose sólo en lo hace su vástago, haciendo correcciones en la banda del campo de fútbol, siguen los progenitores fijándose en las estadísticas de sus hijos, leyéndole la cartilla sobre lo que ha hecho o los números que ha tenido, incluso en comparación con otros compañeros y alguno acabará de representante… No me gusta.

Yo de momento me quedo con la primera parte de este artículo, con los nervios de los más pequeños en su estreno en la competición, porque todo lo demás, ¿para qué?

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Naia Fernández es periodista

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