Que los Borbones sigan cazando

Aquel 5 de abril de 2007, durante la campaña presidencial francesa, me separó medio metro y una marea humana de darle la mano al futuro presidente de Francia, Nicolas Sarkozy. El exministro de Interior con el anterior gobierno de Chirac había recibido dos amenazas de atentado en su visita a Lyon, y pese a ello, miles de personas se acercaron hasta el inmenso pabellón donde se celebraba el mitin de la UMP. Yo estuve entre ellos. Simplemente era un polizón anónimo y curioso, en aquel grandioso espectáculo comunicativo y visual que preparó el jefe de la campaña de Sarkozy.

Días antes, había apuntado en mi agenda la cita con “Sarko” en Lyon, de la misma manera que apunté los actos que en esa capital celebrarían los 10 candidatos a la presidencia gala: socialista, altermundialista, comunista, verde, centrista, nacionalista, conservador, trotskista, etc. todos los franceses tenían su candidato. Intenté sumergirme en la campaña electoral, como si de una afición (un tanto friki) más se tratara: la política y las campañas políticas como pasatiempos. También consideraba que era una oportunidad excepcional para un estudiante en prácticas de Publicidad y Relaciones Públicas. 

Aquel 5 de abril agarré la bicicleta destartalada que había comprado y pedaleé hasta un pabellón alejado del centro. Durante al trayecto, fui arrimándome a la procesión de seguidores, sobre todo jóvenes, engominados y vestidos con el clásico polo de colores de cuello vuelto. Nadie me preguntó qué hacía allí. Una vez dentro, asistí a uno de los mayores despliegues que cualquier partido político puede hacer durante una campaña. Miles de sillas ocupadas, banderitas al viento, un escenario grandilocuente, pantallas gigantes para seguir el evento, grúas enormes que sujetaban las cámaras que cubrían el evento etc. El coste de aquel mitin ascendió a 400.963 euros y recuerdo que todavía se podía fumar escuchando a los intervinientes. 

Nicolas estaba pletórico aquella primavera francesa. Ansiaba superar a la candidata socialista, y mujer, Ségolène Royal. Pero entre los discursos de ambos, era difícil huir de la brocha gorda, de la política ambigua, política templada, centrada y  “quedabién”.Entre otros detalles, ambos coincidían en el final de sus discursos, cuando entonaban un engolado pero poco sentido, Vive la France! Vive la République! 

Es cierto que escuchar un “¡viva la república!” justo cinco años más tarde, en esta primavera ibérica plagada de noticias monárquicas, es mucho más sugerente de lo que me pareció aquel día. Los Borbón andan (andar, cada día andan menos) a tiros contra ellos mismos.

Viendo que el Estado no nos deja elegir el sistema democrático que queremos, si una monarquía borbónica; una monarquía diferente para cada nación que compone el Estado; una tercera república española; o una república vasca, catalana, castellana, etc; viendo que nada de eso tiene visos de cumplirse, lo único que nos queda es desear que los Borbones sigan cazando. 

Mientras tanto, al Vive la République! de Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal, me gustaría añadir las palabras con las que uno de los candidatos que más me sedujo durante aquella campaña terminaba sus discursos, cuando la frase todavía era original: Un autre monde est en marche. Un autre avenir est possible. En fin, otro mundo es posible.
 

 

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Julen Orbegozo kazetaria da

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