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La luna, de día

-Aitatxo, veo una nube redonda.
-No es una nube, cariño. Es la Luna.

Sucedió hace ya unos años. Iba en coche a la playa con mi hijo de cuatro primaveras. Era un día radiante de sol en los últimos coletazos del verano, esa época en que las hojas de los árboles comienzan a adquirir un sinfín de colores, que inspiran a l@s modist@s para sus modelos de desfile de temporada.

-¿Qué es la Luna?-pregunta mi niño.
-La Luna es un lugar parecido a la tierra, donde vivimos nosotros, pero allí no hay nadie. La vemos aparecer por la noche. En ésta época sale por el este y se ocultará por el oeste al mediodía. Es la primera vez que la ves porque cuando viene, los chicos formales como tú están en la cama.
-¡Ah! ¿Y dónde está ahora?
-Está encima de Bilbao.
-Pues vamos. Cogemos un avión y llegamos allí. Juegaremos como en Disney.

Tenía razón Julen. Lo pasamos genial en París el mes pasado, visitando los personajes de los dibujos animados. Resultó un fin de semana inolvidable aunque fuera por contemplar su cara de felicidad. Como lo eran aquellos en los que yo viajaba con su madre a la ciudad de la luz para pasar los mejores momentos de nuestras vidas (al menos eso creo), cenar en el popular ???Chartier??? y pasear por los Campos Elíseos al oscurecer, cuando comienzan a iluminarse las farolas y los escaparates de los comercios más lujosos.

Ahora, veinte años después, con mucho menos vista y pelo, me quedan únicamente una bicicleta destartalada, un jovenzuelo que a veces me saluda a través de mensajes del facebook y una hermosa colección de libros.

-Sabes bien que no podemos ir a Bilbao. Hemos hecho un trato antes de salir, ¿te acuerdas? Hoy no toca.

Con cara de resignación o tal vez de decepción, el chaval se queda cavilando unos instantes y luego me suelta:

-¡Que suerte tienen los de Bilbao! Poden ir a la Luna cuando quieran. Aita, ¿por qué no vivimos en Bilbao?

Muchas personas hemos transitado por la vida persiguiendo objetivos y sueños de un relativo valor, mientras dejábamos pasar desapercibida una fortuna que ya teníamos en nuestro poder o junto a nosotros. Como si hubiéramos estado en la Luna.

Tal vez por ello lo presentí y me resistí a que mi hijo quisiera conocer a la seductora Selene. Intuía la posibilidad de que se enamorase de ella y no quisiera volver.

Unos lustros más tarde, cuando la gravitación me hace caminar con pies de plomo, pienso en Julen y noto que me resulta improbable regresar del espacio para recuperar el tiempo.

¡Cuánto hubiera deseado que la Luna realmente estuviese más cerca de Bilbao y haber podido viajar con billete de ida y vuelta!

Agustín Ruiz Larringan, herritar aktiboa.

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