“Quien no se emocione tiene un bloque de hielo en el corazón”

 

Agosto de 1942. Varsovia bajo la ocupación nazi. El doctor Janusz Kòrczak y su inseparable colaboradora Stefania Wilczynska regentan un orfanato con 200 niños judíos con su propia constitución, sus leyes y hasta un código penal. Una autentica República infantil en la que los mismos menores juzgaban sus conductas y también las de los educadores.

Como en aquel hogar de acogida polaco, en ‘El último tren a Treblinka’ no hay lugar para esconderse. Ni física ni emocionalmente. El patio de butacas desaparece para que actores y actrices deambulen entre las mesas de madera, las cajas de fruta y las literas de camastros que ocupa el público a modo de figurantes. No hay mejor manera de hacer cómplices a los espectadores de todas las angustias y alegrías que haciéndoles sentirse huérfanos.

El espectáculo de Vaivén Producciones que se representa hoy en Durango (20.00 horas), inspirado en la vida del médico y pedagogo Janusz Kòrczak, es un canto de esperanza. A partir de una idea original de Ana Pimenta y Fernando Bernués, con guión de Patxo Telleria y dirección escénica de Mireia Gabilondo, pone por primera vez frente a frente sobre el escenario de San Agustín a dos durangueses: Alfonso Torregrosa (1959) y Eneko Sagardoy (1994).

-¿Estáis más nerviosos de la cuenta por actuar en casa, delante de vuestra gente?

-Eneko: Yo empecé a hacer teatro en San Agustín con Karrika, así que me siento en casa. Pero es verdad que me sinto nervioso. Viene la familia, los amigos… y suelen ser los mayores críticos. Sobre todo, mi hermano.

Alfonso: En mi caso, mi mayor crítico también es mi hermano. Me costó muchos años conseguir su aprobación. Yo creo que tuve que hacer a Nietzsche para que empezara a pensar que decía cosas con fundamento. Hace un tiempo que no actúo en San Agustín y el gusanillo es especial porque quieres que todo salga bien. La motivación es mayor porque yo no vivo aquí y mi familia no ve todo lo que hago, así que es como un pequeño examen.

-Vuestras carreras no tienen nada que ver, aunque los dos estáis en un buen momento. 

-Alfonso: Creo recordar que mi primer contacto con el teatro fue con 16 años y… ¡he aguantado hasta ahora sin poner ni una copa! (bromea). Quizá no siempre he estado sobre el escenario, pero sí trabajando en ello: poniendo focos, en la taquilla… Pasándolas canutas y sin pasarlas. Es un oficio tan cabrón que una llamada lo puede cambiar todo. Lo bueno es que, al menos, recibes muchas llamadas.

Eneko: Yo no me puedo quejar. Empecé con el teatro en 2008 en el grupo de la ikastola y desde hace un año, aproximadamente, puedo vivir de ello. Sé que tengo que seguir aprendiendo y me siento un privilegiado por estar donde estoy, pero estoy contento. Sobre todo, viendo lo complicada que está la situación para el sector y siendo consciente de que aún me quedan 40 años de aprendizaje por delante para llegar al nivel de gente como Alfonso.

Mejor persona

-‘Último tren a Treblinka’ ha cosechado grandes críticas incluso en Madrid, donde está funcionando muy bien.

-Alfonso: Sí, estamos muy contentos. Es una obra que rebosa esperanza. Amor con mayúsculas. Estar en una sala emblemática de Madrid como es Cuarta Pared ha sido un excelente escaparate y nos hemos hartado a hacer funciones para chavales que, como ellos dicen, ¡han flipado!

-En tu caso, Alfonso, das vida a Janusz Kòrczak, un médico y pedagogo polaco que literalmente dio su vida por dignificar la de un grupo de niños judíos y que todavía es recordado por su lucha a favor de los derechos de la infancia. Pudo salvarse de morir en una cámara de gas, pero prefirió subirse al tren y acompañarles en su viaje al campo de exterminio.

-Es uno de los personajes que me está haciendo mejor persona y, ya con eso, merece la pena. La interpretación te abre a unos mundos fantásticos y te acerca a otras miradas. ‘Ultimo tren en Treblinka’ es un espectáculo muy recomendable porque te acerca a realidades que están pasado aquí al lado y no recurre al efectismo para denunciarlo. Quien no se emocione con la obra tiene un bloque de hielo en el corazón.

Remover conciencias

-Eneko, tú interpretas a un exalumno de Kòrczak que acude al orfanato a ayudar. ¿También sientes la plena vigencia del espectáculo?

-Hace unos días estaba comiendo y daban en el telediario que 283 personas habían muerto tras hundirse un bote en el mar. Hemos llegado al punto de que podemos comer un plato de lentejas mientras cuentan algo así. Esperemos que la fuerza del teatro y de este tipo de espectáculos nos permitan remover conciencias.

-La obra se caracteriza por su intensidad. ¿Cómo se vive que el público viva desde dentro la función?

-Eneko: Para mí todo es nuevo. Desde poder actuar en una superproducción así,, hasta aprender de gente como Alfonso y otros compañeros que me demuestran una humildad, un respeto y una sencillez que me devuelven la esperanza por un oficio que a veces peca de egocéntrico. Yo trato de absorber todo lo que puedo porque trabajar en un espacio con público, que no suele ser lo habitual, hace que la escucha tenga mucha presencia. Tienes ojos encima durante toda la función y cada espectador ve cosas diferentes de ti.

-Alfonso: Lo que más me gusta de trabajar así es que el público también se expone. No se puede proteger en el patio de butacas y lo vive mucho más intensamente. En cuanto a los actores, no puedes desconectar en ningún momento. Si lo haces y hay unos ojos cerca que lo están viendo, se va la magia.

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