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Amores de ayer y de hoy

Recientemente me ha tocado desplazarme a una ciudad cosmopolita. Y de ahí a otra de provincias. Y de ésta a una localidad turística de la costa. Todo en tren y autobús. El viaje fue lo bastante largo como para proporcionarme varios temas de reflexión.

El primero de ellos es que, a pesar de lo complicado que resulta lograr una carambola como ésta (de hecho, tuve que hacer noche en un hotel), cuando la intermodalidad funciona en el transporte público, puede ser una alternativa creíble al transporte privado. Que las estaciones de tren y autobús compartan un mismo espacio es imprescindible para impulsar, de verdad, la movilidad sostenible. Llevo un cuarto de siglo oyendo oír hablar a los políticos de la intermodalidad y todavía la idea sigue siendo sólo idea. Eso sí, para hacer justicia, hay que admitir que se han diversificado los medios de transporte en las ciudades y sus áreas metropolitanas con ejemplos muy exitosos como el del metro de Bilbao.

Pero no era esto de lo que quería hablar, aunque también puesto que viene al caso, sino de amores. De los amores de hoy, porque he visto algunas muestras representativas en ese viaje.

En el periplo hasta la primera ciudad, tuve como compañero de asiento a un joven entrado en años (quiero decir que tenía más de treinta) con un ‘look’ muy personal. Tanto que, hasta bien avanzado el trayecto, cuando reparé en el ritmo de la música que salía de los auriculares de su “mp3” no me di cuenta de que debía ser un ‘heavy’. Eso sí, un ‘heavy’, como he dicho, muy particular.

Lo llamativo del asunto es que, cuando llegamos al destino, se encontró con la que debía de ser su novia, una chica muy femenina, de melena y vestido floreado. No conjuntaban salvo en un aspecto: los dos tenían un aire algo anticuado. Coincidían también en otra cosa: se alegraban mucho de encontrarse, a juzgar por los abrazos y besos que se prodigaban.

Pensé: “Se han conocido por Internet”. Quizá me equivocara, pero cierto es que la red está uniendo a almas gemelas por encima de las distancias y sin que importe el envoltorio físico. Porque en el mundo virtual, lo que prima es la intimidad. Sólo se puede enamorar a alguien desplegando la belleza interior, ya que el resto apenas se “ve”. Al revés de como ha sucedido siempre. Esta es mi impresión.

Más tarde, me topé en la cola de una taquilla con una pareja mestiza. Latina, ella, de cuarenta y tantos; europeo él, setenta y tantos. La mujer, de piel negra, desfilaba rumbosa con un traje blanco de chaqueta y pantalón, mientras que él a duras penas seguía su marcha, enjugándose el sudor de la frente. Debía ser una relación consolidada, pues ella llevaba el dinero y la batuta. Todo el mundo necesita amor y cada cual se lo procura como la vida le da a entender.

Un ejemplo parecido, aunque en sentido inverso es la Duquesa de Alba, tema de conversación en un quiosco donde entré a comprar el periódico. Pillé al quiosquero criticando a Cayetana con la complicidad de una clienta: que si es feísima, que si él le estaba engañando, que cómo puede creer que ese hombre está enamorado de ella…

Es cierto que la duquesa anda últimamente un poco desnortada. Lo demuestra el hecho de que haya llamado al programa de María Rosa Quintana criticando a su hijo Jacobo y a su nuera a cuenta del reparto de la herencia. Pero yo creo que esa señora, que ha declarado que desde que murió su primer marido se ha dedicado a vivir la vida como le daba la gana, sabe muy bien lo que quiere. Y seguro que a ella le es indiferente que su prometido esté enamorado o no. Probablemente ella lo esté y seguramente él no le da motivos para pensar lo contrario. Para qué quiere más.

Desconozco si había algo personal en la inquina del quiosquero. Puede que sí, puesto que se ofreció a cambiar su suerte por la del funcionario. Lo que había, seguro, aunque él no fuera consciente, es un subconsciente machista que todavía no soporta ver a una mujer pasearse del brazo de un hombre 20 años menor. ¿Hubiera dicho lo mismo de tantos y tantos conocidos personajes de la vida pública que han dejado a sus mujeres para correr detrás de atractivas señoras que bien podían haber sido compañeras de colegio de sus hijas?

Además, no sé de qué se extraña, amores de éstos los ha habido siempre. La diferencia es que ahora cambian algunas sus apariencias y se exhiben con total normalidad. La gente se conocía a grandes distancias a través de cuadros o fotografías. Algunos señores mayores siempre las han preferido jóvenes y también algunas mujeres han podido elegir lo que les ha venido en gana y, en casi todos los casos, se han quedado con jóvenes y, a ser posible, guapos. Una tía mía, ya entrada en años, al ser recriminada una vez por alabar la belleza de un joven, replicó: “Me haré mayor, pero el gusto no lo pierdo”.

 

Vivimos el fin de unos tiempos. Esperamos una Tierra nueva donde habite la justicia

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