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Romaníes

Ocurrió el domigo de pascua del pasado mes de abril en Roma. El Ayuntamiento de Roma desalojó de un barrio extremo a 150 gitanos romaníes, que el Vernes Santo se refugiaron en una Iglesia perteneciente al Estado del Vaticano. Desalojados de allí la noche del Sabado Santo, pasaron la noche al raso, y los guardias pontificios no les permitieron asistir a la Misa del Domingo de Resurrección. Todo este embrollo provocó el escándalo y denuncia airada de muchos fieles cristianos y algunas ONGs. Para calmar los ánimos, el alcalde de Roma ofreció a los romaníes desalojados de sus casas 500 euros, y los Monseñores del Vaticano otros 500, si aceptaban volverse a su país.
 
Pero la operación no tuvo demasiado éxito, muy pocos gitanos romaníes aceptaron la oferta de curas y munícipes romanos.
 
Mal que bien, nuestro país ha alcanzado una convivencia más o menos fluida entre payos y gitanos. En el trabajo, en los barrios, en las relaciones sociales, en la enseñanza, en la v ida social y en las instituciones. Hemos andado un largo camino desde los años de la posguerra de 1936 hasta ahora.
 
Pero hoy, cuando las fronteras se permeabilizan, cuando hemos pasado de ser un país a ser también parte de un continente que se llama Europa y Unión Europea, el problema se vuelve a plantear a escala continental, porque la Europa oriental no se ha movido a nuestro ritmo, y entre Rumanía, Bulgaria, Chequia, Hungría y otros países una comunidad de alrededor de 10 millones de gitanos que llamamos zíngaros, romaníes, etc., están muy lejos de haberse integrado y de haber sido aceptados por sus conciudadanos.
 
Y como ciudadanos que son de la Unión Europea, en virtud del Tratado de Schengen, tienen derecho a moverse por los 27 estados de la unión, a residir y trabajar en cualquiera de ellos, a asistencia sanitaria y educación.
 
Y aquí los tenemos, viviendo en bidonvilles en los márgenes de las ciudades, pidiendo limosna por las calles, a veces con sus niños pequeños como reclamo, haciendo música por las esquinas: desarraigados, rechazados, despreciados. Y Sarkozy quiere echarlos de Francia, hasta les paga el billete de avión y algo de dinero para que se vuelvan a Rumanía. En la Italia de Berlusconi, los conflictos con la comunidad romaní están a la orden del día desde hace tiempo.
 
Dinamarca dice que se lo va a pensar lo de respetar el tratado de Schengen y lo de la libre circulación. Toda la extrema derecha, y quizá toda la derecha europea, piensa más o menos igual. No solo de los romaníes, también de todos los inmigrantes de los países de Europa oriental y del Tercer Mundo.
 
Lo peor es que el Gobierno de Rumanía, y muchos ciudadanos rumanos, tampoco los quieren de vuelta, preferirían, mandárnoslos a todos a la Europa del oeste. Es decir, que el problema se parece mucho al que tuvimos en tiempos pasados en nuestro país con la comunidad gitana y que hoy ya parece superado en buena parte. No se ha producido ese proceso de acercamiento entre la comunidad paya ty la gitana-romaní, la historia se paró en Europa Oriental en el año 1930 o por allá.
 
Entre nosotros, para no ser menos, el PP ha agitado también las aguas de la campaña electoral con el espantajo de la emigración. Ahora además de la amenaza de signo cultural, del riesgo de perder nuestras señas de identidad, nuestra lengua , nuestra religión, y además de la criminalidad y los robos de los inmigrantes, que también, más que nada insisten, en concreto los del PP de Cataluña, en que los inmigrantes nos traen nuevas enfermedades y otras que ya creíamos desaparecidas para siempre de nuestro país.
 
No importa que todo esto, en el caso de los romaníes, ciudadanos europeos, suponga un paso atrás en la construcción de la ansiada unidad europea. Importa que atizar el resentimiento hacia los extranjeros y emigrantes suma votos para el partido y las candidaturas que se oponen a la emigración.
 
Reviven los fantasmas del pasado, la desconfianza hacia el recién llegado, el diferente de nosotros. Pero quizá para un ciudadano de la Comunidad Autónoma Vasca, todo esto suena a un pasado que ya no volverá. Son ya muchos años y varias generaciones en que Euskadi recibe una fuerte aportación de emigrantes que primero fueron de otras comunidades autónomas del Estado y ahora son de todo el Tercer Mundo y de Europa Oriental. Muchos años de convivencia, de trabajar juntos, de intercambiar culturas, gastronomía, lengua materna, estudios y empresas comunes.
 
Son ya unas cuantas Ferias de Abril en el Multiusos de Durango, y una mezquita en Matiena y un templo católico donde hacen sus misas los ortodoxos rumanos, y una iglesia lipovena rusa en Amorebieta. Y festivales de danza y música rumana, y torneos de fútbol entre equipos de todos los países que convivimos en Euskadi.
 
Deberíamos invitar a Monsieur Sarkozy, y Su Santidad Benedicto XVI y el Signore Berlusconi a darse una vuelta por aquí para ver cómo solucionamos en nuestra casa esos problemas de convivencia e interculturalidad.

Honorio Cadarso es periodista

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