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Nuestras fiestas

Desde los ‘Samprudencios’ abrileños de Gasteiz o Matiena-Abadiño hasta los San Faustos de Durango y Basauri, Euskadi y Bizkaia tejen un colorido tapiz de fiestas locales que retratan y configuran sus señas de identidad, nuestro ADN como pueblo.

Pamplona-Iruña es un cara a cara, un mano a mano del mozo con la muerte, bajo la mirada atónita del suicida Hemingway; Vitoria-Gasteiz es un extraterrestre que aterriza en un balcón pilotando un paraguas; Donostia y Bilbo rivalizan en una Aste Nagusia a cual más grande. Donostia saca a desfilar relimpios y relucientes bajo sus trajes de concineros a todos sus Subijanas, Arzacs y Arguiñanos, armados de fusiles-cucharones y cuchillos-sables; Donostia, donde se come a papo de rey… Bilbao, sin embargo, ha optado por una dama: una ejemplar ama de casa, los brazos abiertos en aspa o en jarras, brinca, salta y se desmadra por las Siete Calles al son de una txaranga.

Lo nuestro, lo de la Bizkaia profunda, es diferente, más pegado al terruño y al mar. Lo nuestro es Patxikotxu que ha dejado el carro y los bueyes en el barrio durangarra de Intxaurrondo, y trae todavía perfume de hierba recién segada; y luego ha ordeñado las ovejas y las ha sacado a pastar, y se ha sentado a descansar a la sombra del arco de Santa Ana. Lo nuestro es el mendigo del hospicio de Abadiño, Gerbas, con su guitarra destartalada, que va de caserío en caserío diciendo gracias y cantando coplas en un revuelto de euskera y castellano. Lo nuestro es un pescador haciendo equilibrios y pasos de danza sobre un arcón en los Sanantolines de Lekeitio.

Lo nuestro huele a hierba, tierra y animales. Son abarcas, calcetines de lana gorda, trajes de azul marino, corpiños blancos bordados en ellas y blusones negros en ellos, y coronando todo una pañoleta o una txapela. En nuestra fiesta hay perros pastores cuidando a las ovejas, perros de salvamento que luego salvarán vidas en Turquía o en Haití; hay asto-probak, idi-probak, y sokamuturra y toro de fuego, y concursos de verduras y quesos y artopilles, alubiadas para más de 400 personas y campeonatos de cordero al burduntzi. Cocina nada exquisita, cocina de diario de caserío. Hay mástiles de pinos que se alzan en medio de la plaza a base de habilidad y brazos. Lo nuestro son hogueras para espantar los malos bichos de las huertas la noche de San Juan. 

La Bizkaia profunda tiene además cierta querencia a convertir su historia en fiesta: a conmemorar el Bombardeo de Durango o de Gernika todos los años, a homenajear a los fusilados y represaliados de la guerra “incivil” de 1936, o la Batalla napoleónica de Amorebieta, o los 100 años de la empresa metalúrgica zornotzarra Izar. O los “errebonbillos” de la villa de Elorrio en recuerdo de los antiguos destacamentos militares municipales. O las antiguas y supervivientes “Confradías” de Iurreta, y su propiedad comunal sobre los montes de Laixiar.

Antes había mucha religión en todas las fiestas: misas solemnes, sermones de campanillas, largas procesiones. De aquello apenas queda en Garay el paseo procesional de Santiago hasta la Iglesia de Santa Ana, donde pasarán juntos una noche; o la danza de ese mismo pueblo que ha hecho baile del himno de San Ignacio. O quizá la dantza de Iurreta en el domingo de repetición del Rosario. Y los mozos de Abadiño que suben a San Roke hasta Urkiola para conmemorar la siega del helecho al filo de los primeros días de setiembre.  Lo justo para no olvidar que la religión forma parte de nuestro legado cultural, pero conviene más dejarla al margen de las fiestas para el ejercicio personal e íntimo de cada uno.

Lo nuestro es canto y danza, como en todos los sitios. Pero con una dosificación equilibrada de tradición y modernidad. Conviven en nuestras fiestas el botellón y la txosna con la trikitixa y el txistu, el reggae con el zortziko y el bolero.

En tiempos homenajeamos a los últimos de la saga de txistularis, trikitilaris y tamborileros de antes de la guerra. Pero ya se nos han ido la Juanita Gorroño de Durango, el “Cristo” de Amorebieta, los dulzaineros de antaño. Kepa Junkera, en el cenit de su arte y su popularidad, podría contar de sus comienzos quinceañeros en que animaba las romerías de la ermita de San Sebastián en Bakixa, Iurreta. Podría tal vez decir que él se curtió en nuestras fiestas. Ahora contamos con músicos de conservatorio, debidamente enseñados y preparados. 

Y con escuelas de dantzaris y betrsolaris. Todas esas cosas las han salvado, las han mantenido vivas, las fiestas de tantos barrios, ermitas y municipios. Lo que somos, lo que fuimos, nuestro proyecto de futuro, todo está en nuestras fiestas.

Una pena que el mal tiempo nos obligue a dejarlas para el año que viene. Al menos, como dicen los pamplonicas, !Ya falta menos para los Samprudencios de Matiena!

Honorio Cadarso es periodista

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