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FP Zornotza

La tierra para quien la trabaja

ETAPA 3 |
FUENTE DE CANTOS – M??RIDA
(Desviándome para pasar por Fuente
del Maestre) | 93 kms | 4 horas 45 mins |
Velocidad media: 19,4 km/h

De calles de casas blancas
con placas de hormigón blanco -pero
sin cemento-, calles con tractores, motos de
trial, y aceras con señoras sentadas en
los márgenes de la carretera que
circunda sus casas… De esa estampa tan
propia y particular he pasado al empedrado
profesional y supuestamente próspero
de vías urbanas, y al cemento de
ciudades más habitadas. De la Badajoz
rural y profunda, a una ciudad más
turística como Mérida.

Tras 90 kms he dejado atrás a
Miguel y su familia, el hospedero del Convento
de Fuente de Cantos, moreno, arrugado pero
juvenil, curtido en el campo, rudo pero
amable, que iba cediendo centímetros
de simpatía según iba la tarde-
noche avanzando y yo preguntando… Miguel,
que me recibió con su hijo y con
él en pantalones cortos y
chancletas… 

Me ha dado pena cambiar lo singular del
campo extremeño, lo rústico, el
olor a paja y a gorrino vivo, el cuadro
costumbrista de Fuente de Cantos, su paisaje
pintoresco, la áspera amabilidad, el
acento de sus gentes, su forma de ser… Me ha
dado pena cambiar lo que encarna Miguel por
una chica joven vestida de uniforme que me
mira tras un mostrador en un hostal de
Mérida, Augusta Emerita. Es igual
quién me haya recibido, el recibimiento
hubiese sido muy parecido en Mérida,
en Madrid, en Santiago de Chile o en
Honolulu. 

Desaparece lo bucólico y lo
campestre, y aparece lo urbano. En
Mérida se dobla el precio de una
habitación sin olor a piara, con aire
acondicionado, televisión de plasma y
baño propio. Cambia la visión de
mi Vía de la Plata: de gentes del
campo a gente urbana. Acogen de distinta
forma al turista. Lo que tengo claro es que
aquí soy uno que llega y pasa en bici
con sus alforjas, uno más; y en Fuente
de Cantos era el Peregrino. Dos días
más y con poco esfuerzo hasta los
hombres que jugaban al tute en el Convento
me habrían conocido por mi nombre,
para lo bueno y para lo malo, claro.


Sigo sin ver
peregrinos

Sin duda, hoy he completado la que
seguro será la etapa más
liviana, saliendo de Fuente de Cantos a las
7:30 de la mañana y disfrutando de un
recorrido agradable, sin tantos toboganes y con
el viento un poco más desapercibido.
He cambiado la “campiña”
extremeña por zonas más
urbanizadas como Almendralejo o
Mérida.

Mi plan era alternar tramos del Camino
con carretera asfaltada, para, sobre todo, ver
si en mi  pedalear me cruzaba con
algún peregrino. Pues nadie.
Continúo en mi soledad.

Hoy el invitado ha sido el barro, en la
Tierra de Barros, claro. ¡Ojo con los
topónimos! Cuando vamos en bici,
entendemos mejor su significado. Por el barro
de un charco, aunque no haya llovido en
semanas, he tardado dos horas y media en
recorrer unos 30 kilómetros hasta
Zafra. Auténtico barro rojizo que se ha
pegado a toda la bicicleta, que volvía a
frenar involuntariamente. En Zafra me he
entretenido a limpiar la bici en una gasolinera
y he tomado la mejor decisión del
día: tomar un camino alternativo por
carreteras secundarias. Un acierto. He
conocido pueblos alejados de la carretera
Nacional, con gente en carros tirados por una
mula. En este agradable recorrido he
atravesado cientos de viñedos y campos
de entrenamiento de galgos; sin galgos, claro.
Hasta llegar a Almendralejo.


Llegan los pillos y los
ladrones

En esta ciudad me he topado con la
sorpresa desagradable del día: un
ladrón, que me ha robado el
botellín auxiliar donde guardaba la
crema protectora, unas herramientas para
arreglar la bici y un par de geles que guardaba
por si me entra la pájara en
algún puerto del camino. La confianza
me ha podido y he dejado la bicicleta sin
candar para comprar unas latas de atún
en un supermercado. La confianza cambia en
unas horas: de Fuente de Cantos a
Almendralejo hay un mundo en lo que a pillos,
pícaros y ladrones se rrefiere. 

Y de “Almendraleho” (en
extremeño) a Mérida, por la
nacional poco transitada. He llegado con
tiempo de visitar la ciudad, con otra sorpresa
más propia de zonas modernas: por
ver las dos reliquias romanas que más
merece visitar (el teatro y el anfiteatro
romano), he tenido que pagar 12 euros. La
entrada incluía la visita a otra serie de
ruinas que no merece visitar en el par de horas
que dedico cada día a darme un
paseo. 

Pues resulta que en la época
romana los espectáculos eran mucho
más populares, digo yo, porque
también entraban pobres y esclavos.
2.000 años después sigue
habiendo pobres y esclavos que,
paradójicamente, difícilmente
podrán pagar en familia por visitar el
patrimonio cedido por estos. 

Amanecer en las inmediaciones de Fuente
de Cantos.

“Particular peligro, perros”. Cualquier
elemento sirve para disuadir a los peregrino
de entrar en terrenos particulares. Si las
indicaciones de por dónde debemos
transitar fuesen más claras, no
habría necesidad de amedrentar al
peregrino.

En la zona de Fuente del Maestre y por el
centro geográfico extremeño hay
muchos campos de entrenamiento de galgos.
Aunque estos perros sean los más
rápidos, los lugareños se toman
las cosas con otra calma…

“La tierra para quien la trabaja.
Extremadura, entera, como Marinaleda”.

Casa abandonada en Torremejía.
Pueblo cuya principal tuvo otro esplendor
cuando la carretera principal pasaba por mitad
del pueblo.

Llegando a Mérida y atravesando
su puente romano.

Teatro romano de Mérida. Se
estaba celebrando el Festival Internacional de
Teatro Clásico.

Primera pintada de oposición
contra el AVE que se construye entre
Extremadura y Portugal. La siguiente jornada
descubriré el impacto medioambiental
de esta infraestructura.

Otro atractivo turístico
más: el calor. 39 grados a la
sombra

cuando el sol empezaba a descansar.

Julen Orbegozo kazetaria da

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