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Jaiak

Con estos calores, con estos Sanfermines que a todos nos abren el apetito para la fiesta a gogó, estamos todos en trance. A la hora del txupinazo de Karmengo Jaiak de Amorebieta-Etxano, ya estaban impacientes los gigantes y cabezudos en Zelaieta, deseando arrancar, y los jóvenes en uniforme de cuadrilla, de azul marino y gris, atascaban las cajas de los supermercados con sus bebidas para el botellón, y todos los cuellos lucían pañuelos a cuadros o con el icono de Karmengo Jaiak, y todas las damas acababan de salir de la peluquería.

Y no es solo por el calor veraniego, es que uno empieza ya a estar harto de corruptos, Bárcenas, pensionazos, preferentazos, escraches y de tantos Ali-Babá con sus cuarenta ladrones, y reclama un poquito de respiro.

Forma parte de nuestro credo religioso, de nuestro ADN, de nuestra más venerable tradición y patrimonio. La fiesta certifica que todavía existimos como pueblo, como municipio, como anteiglesia, y nos sentimos muy a gusto dentro de nuestra piel, con nuestra alma, con nuestra forma de ser, y que queremos perdurar.

A lo mejor hemos perdido los toros o las vaquillas, por falta de presupuesto o por lo que sea, a lo mejor ha pasado a la historia la Misa solemne con Sermón de campanillas de un renombrado orador sagrado, y todo ha quedado reducido a una misa cortita de un cura archijubilado, con un sermón de cuatro palabras escuetas y una música a capela barata barata y los partidos de pelota con el Angelus a mediodía.

Pero la fiesta está en la calle, en las cuadrillas que hacen piña, en los desfiles y tamborradas, en los conciertos hasta más allá de medianoche con mucho rock euskaldun y muchos decibelios, en los banquetes a base de chuletón y postres de alta cocina, en los restaurantes a rebosar, en los tiovivos para los pequeños y los autos de choque para los más talluditos con una churrería al lado para los mayores.

Se acabaron las fatigas de la siega de la hierba y las labores agobiantes de la ganadería, que han quedado sustituidas por las grandes sesiones de playa y sol, y luego por las irrenunciables vacaciones con viajes al Caribe, a los Fiordos noruegos, a Laponia o si el presupuesto no lo permite, a la Costa Brava, o bien con cruceros por el Mediterráneo hasta Génova y Malta.

Pero la fiesta local sigue, tan joven como hace mil años, tan fresca y buena moza y jaranera. Porque si muriese nuestra fiesta, moriríamos como pueblo, como una especie más que se extingue para siempre.

Con crisis o sin crisis, con recortes, con preferentes, con hipotecas, con pensionazos y copagos, gora ta gora gure herriko jaiak!

Honorio Cadarso es periodista

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