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Historietas en el autobús

De Eibar a Bilbao, cabalgando por el Alto Ibaizabal, el pueblo-pueblo viaja en autobús, y en él unos a otros nos contamos nuestras vidas laborales, con más desaventuras que aventuras.

El señor XX empezó trabajando de camionero para la Papelera del Nervión. Un buen día, un gerente decidió estrenarse con una maniobra de la que serían víctimas, que no protagonistas, el señor XX y todos los camioneros. El gerente, con el truco habitual de “ordeno y mando” decidió que los camioneros debían comprarle el camión a la Papelera, y para pagarlo se les iría descontando un tanto de su salario.

Algunos aceptaron, pero no les salieron las cuentas, porque les cobraron el camión como nuevo cuando ya llevaba demasiados kilómetros. Pero el señor XX se olió la tostada, y prefirió abandonar su puesto de trabajo, y marcharse al Oeste norteamericano de pastor con una cuadrilla de compañeros.

Eran los tiempos del Presidente Reagan, y el señor XX obtuvo un permiso de trabajo de tres años, acabados los cuales tuvo que dejar su puesto y quedarse en paro. Era la versión de la precariedad de aquellos tiempos: “te vas al paro tanto tiempo como has estado trabajando”. Como ahora pero en versión siglo XX…

Total, que el señor XX decidió que no le tomarían más el pelo en Estados Unidos, se volvió a Euskadi, peregrinó por mil empresas en busca de trabajo, hasta que unos amigos le buscaron acomodo nuevamente de camionero. O sea que entre viajes sobre el Océano, años de paro, vender un piso y comprar otro, el señor XX viaja en autobús, y ha alcanzado su jubilación con los derechos adquiridos en función de los años trabajados.

Menos mal que no han podido engañarle con el timo ese de las Preferenciales, puesto que no ha podido ahorrar con ese historial laboral.

En la parada de San Antonio-Elgezabal, un jubilado en silla de ruedas que bajaba de Lauaxeta esperaba al autobús, acompañado de una joven que le asistía. Pero todo se le torció cuando llegó el autobús:porque la plataforma elevadora no funcionaba, y el chófer no fue capaz de ponerla en marcha.

“Podría usted esperar al autobús siguiente” propuso el chófer. No, el señor de la silla de ruedas no podía esperar media hora a la intemperie, la tarde era desapacible. Finalmente, tras mucho esperar e intentar, el señor de la silla de ruedas se puso en pie, y ayudado por su asistenta y otras personas subió al autobús.

Tenemos derecho a suponer que el señor de la silla de ruedas contaba con una historia laboral muy decorosa, que le permitía disponer de una plaza en la Residencia de jubilados de Lauaxeta. Y a un servicio de transportes con plataforma elevadora que lo izase hasta un asiento, y le facilitase la bajada al final del trayecto.

Pero no. Al igual que el señor camionero que se jubiló sin dinero ahorrado, el señor de la silla de ruedas debía conformarse con viajar en un autobús con la plataforma averiada, y valerse de sus piernas maltrechas para subir y bajar del autobús.

Historias de trabajadores “jubilados”, aparcados en una vida “jubilosa”. Historias de una dictadura, una legislación laboral dictatorial, un Reagan represor de la emigración, un rosario de despidos, emigraciones, abandonos…

Honorio Cadarso es periodista

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