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El Papa y la pederastia

Ninguna polémica ha hecho tanto daño a la Iglesia como el escándalo de la pederastia. El goteo de casos conocidos de abusos sexuales a menores está provocando una reacción de anticlericalismo que amenaza incluso la integridad física de los católicos.

Lo hemos comprobado recientemente aquí cerca, cuando unos energúmenos interrumpieron varias veces las celebraciones del Viernes Santo en la basílica de Durango. No pasó nada, pero de milagro. Porque puestos a herir el sentimiento religioso de la gente, lo mismo se les podría haber ocurrido sacudir a cualquiera un zapatazo, esa modalidad de agresión que tan de moda está. La hipótesis puede parecer exagerada. Pero lo cierto es que los incidentes de este tipo cada vez son menos aislados. Este pasado fin de semana se ha dado otro ejemplo de agresión, eso sí, simbólica: la burla al Papa protagonizada por fucionarios británicos de Exteriores, que ha obligado al Gobierno a ofrecer una disculpa pública.

Sabemos por acontecimientos pasados que el sentimiento anticlerical puede ser tan vehemente como el piadoso. Ambos son también igual de incendiarios cuando se llevan a los extremos. Y en el actual contexto social de desafección religiosa, los vergonzosos actos protagonizados por algunos curas y religiosos que van aflorando han venido a desbordar los ánimos de amplios sectores de la sociedad ante los que la Iglesia está desacreditada hace tiempo.

De nada ha servido que el Papa  iniciara desde el principio de su pontificado una operación de limpieza entre sus miembros con la condena al ostracismo de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, abusador de menores y polígamo reconocido. O que haya manifestado por activa y pasiva que se expulsará de la Iglesia y se pondrá ante los tribunales a los responsables de estos hechos execrables. Tampoco ha causado mayor efecto que haya pedido perdón y se haya reunido con las víctimas de los agresores sexuales y les haya escuchado y consolado, en una actitud responsable, valiente e inédita.

Quizá sea porque el Vaticano se ha equivocado de plano al proclamar que estos delitos se cometen en todos los ámbitos y que en la Iglesia suceden con menos frecuencia. Seguramente sea cierto. Pero no es excusa. La Iglesia se erige ella misma en autoridad moral y por ello sus miembros deben mostrar un plus de decencia y coherencia. Por mucho que seamos conscientes de que el trigo y la cizaña crecen juntos.

Ahora que se cumplen cinco años de su designación, los especialistas interpretan que Benedicto XVI se debate entre una voluntad de reconducir la Iglesia a lo que él entiende que son sus esencias y la resistencia de amplios sectores eclesiales, empezando por colaboradores suyos muy cercanos.

Entre sus conocidas torpezas, que ocultan sus aciertos, y su soledad al frente de una de las religiones con más seguidores del mundo, algunos ‘vaticanistas’ opinan que se tratará de un Papa de transición. Creen que a él, que en estos momentos se ha convertido en blanco de los ataques contra la Iglesia, le ha tocado cargar con la cruz de todos los pecados de la institución. Pero es un hombre inteligente y fuerte, y no es desacabellado pensar que sabía que esto iba a ocurrir. Y que lo asume con resignación. Con resignación cristiana.

 

Vivimos el fin de unos tiempos. Esperamos una Tierra nueva donde habite la justicia

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