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El borracho, el anciano y el sake

De mi artículo anterior sobre los distintos niveles de comunicación, con la conclusión de que para comunicarse hay que tener voluntad de hacerlo, puede derivarse que si yo me quiero entender con alguien, pero ese alguien no tiene interés, no hay nada que hacer.

Esto es lógico, pero no verdadero. Aun sólo queriéndolo una persona, dos se pueden entender. ¿Cómo? La primera puede cambiar de actitud, variar su estrategia, si se prefiere. Lo hacemos muchas veces de forma natural pero también se aprende.

Normalmente, cuando conseguimos comunicarnos de forma intuitiva es porque colocamos el objetivo de conciliar intereses por encima de todo lo demás. Y basta con que esto lo haga una persona. Hablamos de diálogo a dos bandas. Si intervienen tres o más interlocutores, el procedimiento es diferente y algo más complicado. Es como una partida de billar. Hay que buscar y ejecutar la carambola.

Entonces, comentaba que un consenso puede ser posible sólo con que una de las dos personas desee alcanzarlo. Y que todo lo demás tiene que supeditarse a ese fin. ¿Qué es todo lo demás? Pues el orgullo, la necesidad de tener siempre la razón, las ideas preconcebidas, las rigideces y cuestiones por el estilo.

Se necesita también acoger incondicionalmente a la otra persona y mostrar empatía. Para ilustrar cómo funcionan estas dos energías al unísono, veamos un buen ejemplo de maestría emocional que Daniel Goleman recoge en su conocido libro ???Inteligencia emocional???.

Cuenta que el hecho le sucedió a un buen amigo suyo, Terry Dobson, cuando estudiaba aikido en Japón. En cierta ocasión, estaba a punto de poner en práctica los conocimientos aprendidos para dominar a un hombre grande y borracho que estaba actuando violentamente contra los pasajeros del metro en el que viajaba.

Terry se levantó lenta pero deliberadamente y al verlo, el borracho gritó: ???Ah! Un extranjero! Tú necesitas una lección de modales japoneses!??? y se preparó para atacarlo. En ese mismo instante, desde el otro extremo del vagón se escuchó la alegre voz de alguien que con un ???Hola!??? saludaba al pendenciero como quien se encuentra de repente con un viejo y querido amigo.

El borracho, sorprendido, se giró y vio a un pequeño japonés, de 70 años. El hombre miró con aprecio al borracho y con la mano le indicó que se acercara. El bravucón dio varios pasos en su dirección mientras lo miraba como pensando: ???¿Por qué diablos debería escucharlo a usted? ???

???¿Qué has estado tomando???? le preguntó el hombre mayor, con ojos que irradiaban dulzura. ???¿Sake, y qué le importa a usted?, gritó el borracho enfadado. ‘¡Ah, qué bueno!’ continuó el anciano en un tono amigable. ???A mí también me encanta el sake. Cada noche mi esposa y yo calentamos en una botella y salimos al jardín y nos sentamos en un viejo banco?????? Y le hablaba sobre los árboles de caqui y de otros tesoros que tenía en el jardín y de sus noches tomando sake.

La cara del borracho comenzó a calmarse y sus puños se relajaron. ???Me encanta el árbol de caqui, también?????? dijo con voz calmada. ‘Y estoy seguro???, respondió el anciano con una voz llena de energía, ???de que tienes una esposa maravillosa. ‘No’, respondió el hombre. ‘Mi esposa murió???’

Llorando, el hombre le contó la triste historia de cómo había perdido a su esposa, su casa, su trabajo, y el hecho de estar avergonzado de su vida.

En ese momento, llegó el metro a la parada de Terry y al bajarse oyó cómo el anciano invitaba al borracho a su casa a charlar y vio cómo el borracho se acostó en la silla del tren con su cabeza en las rodillas del anciano.

Pienso que el secreto se reduce a tratar a todo el mundo como una madre o un padre amoroso a sus hijos e hijas. Y eso todas las personas lo sabemos hacer. Porque todas hemos sido, si no padre o madre, sí hijo e hija.

Mertxe Arratibel es periodista en andra.eus

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