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Egunkaria y el efecto mariposa

El juicio por el cierre de ‘Egunkaria’ es, tal vez, una de las manifestaciones más patéticas de la situación de anormalidad política, social y cultural que vivimos en Euskal Herria. Porque anormal es que unos periodistas y gestores que se han dejado la piel toda la vida por el euskera y la cultura vasca, hayan tenido que soportar encarcelamientos, torturas, despertado sospechas y sido juzgados ¡sin que el fiscal los acuse!. Y más: que se hayan visto obligados a levantar desde cero y con gran esfuerzo un nuevo proyecto periodístico –el diario ‘Berria’- que, pese a su indudable calidad, subsiste básicamente gracias al entusiasmo y tesón de quienes lo hacen y lo promueven –aprovecho para animar a quienes lean esta columna a suscribirse o regalar estas Navidades una suscripción al mismo-.

Lo clamoroso de la injusticia que se estaba cometiendo con estas personas y la causa que representan movilizó en la gélida tarde del pasado sábado en Bilbao a 25.000 personas, según el recuento del diario ‘Gara’. Había pocas dudas –si es que existía alguna- sobre la inocencia de los encausados y numerosos partidos políticos, sindicatos, asociaciones y particulares estuvieron allí para agasajarlos.
   
La izquierda abertzale ilegalizada, siempre a rebufo de estas expresiones de solidaridad, aprovechó el éxito de la convocatoria para, en un ‘totum revolutum’, traducirla en apoyo a sus planteamientos.
   
Pero no es lo mismo el ‘caso Egunkaria’ que otras actuaciones judiciales con las que se quieren establecer paralelismos. No lo es, porque aquí no había motivo alguno para abrir una causa –como lo demuestra la inhibición de la Fiscalía-. Y en esos otros procesos, la más ínfima sospecha de relación con la actividad –que cada cual ponga aquí su calificativo- de ETA ya es motivo suficiente para detraer muchas expresiones de apoyo.
   
Porque a estas alturas de la historia y después de cuatro décadas de sufrimiento y muertes gratuitas, la imperfecta democracia de la que nos hemos dotado, al menos, nos ha educado para jerarquizar valores y derechos. Y si las libertades de expresión o política son tan importantes como costosas fueron de restaurar tras la dictadura franquista, el derecho a la vida es sagrado en el sentido humano y religioso del término. Está por encima de todo y de todos.
  
Así que –otro síntoma de anormalidad-, mientras haya gente que tenga que salir de su casa todas las mañanas con escoltas por profesar determinadas ideas o trabajar en una empresa o institución equis, difícilmente –y cuánto nos gustaría- podremos rodear el hombro de la madre de un preso y confortarle con éstos o parecidos deseos: “Ojalá que salga pronto”, en lugar de un socorrido: “¿Qué tal andas?”
  
Al final, entre tanta turbulencia, la ‘razón de Estado’ se va imponiendo a la más esforzada tarea de profundizar en la democracia, ésa que llevaría, por ejemplo, al uso proporcionado de la fuerza por parte de los poderes públicos. Pero, ¿qué es ‘razón de Estado’? Podría servirnos hoy esta definición de Chemnitz (1647): “Cierta consideración política que debe tenerse en todos los asuntos públicos… y que debe tender únicamente a la conservación… del Estado, para lo cual es menester emplear los medios más fáciles y prontos”.
  
En este punto estamos: el camino fácil de las actuaciones políticas, policiales y judiciales expeditivas que, como la pesca de arrastre, aniquilan todo lo que pillan y transforman los ecosistemas institucionales mediante extrañas simbiosis, condenan a la extinción a valiosas especies políticas (en tanto que representan a decenas de miles de personas y tienen a su favor una forma menos profesionalizada pero eficaz de hacer las cosas), lo que arroja como resultado un panorama institucional extraño, como lo demuestran los últimos datos del Euskobarómetro: el 71% de la ciudadanía no confía en el Gobierno Vasco.
   
¿Y cómo desenredar esta maraña en la que el Estado se arroga el uso de la fuerza para defender los intereses de la mayoría, pero ello nos condena a vivir en un escenario político y social donde nada es lo que parece, y casi todo el mundo calla porque piensa que, después de todo, es el mal menor?
   
A mí sólo se me ocurre un conjuro: ETA debe iniciar unilateralmente un proceso de desarme –visto lo visto, una tregua no basta-. Sólo eso sería capaz de producir un ‘efecto mariposa’ en nuestras vidas: así como el aleteo de una mariposa puede provocar un tsunami al otro lado del mundo, una declaración en tales términos rompería espejismos y acabaría devolviéndonos a una realidad normalizada.
  
Yo se lo pido al año que comienza. Porque estoy deseando de encontrarme con esa afligida madre para desearle de corazón algo que, cada vez que le veo, se me atasca en la garganta: “Ojalá que salga pronto”.

Vivimos el fin de unos tiempos. Esperamos una Tierra nueva donde habite la justicia

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1 Comentario

  1. euskaltorrente

    Brillante es poco, me encanta,
    Haber si te hacen caso los politicos.
    vaya nivelazo

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