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Ave fénix

Hablaba, hace unos días, con un conocido nipón afincado en Euskal Herria, del terremoto y del tsunami que arrasó Japón mientras él se encontraba, casualmente, en Tokyo visitando a su familia, y me comentaba que la experiencia vivida, aun siendo terrible, le había inspirado un profundo orgullo de ser japonés.

Desde luego, no sé si por la tradición sintoísta, o por qué, pero lo cierto es que el modo en el que este pueblo ha afrontado la tragedia que ha acabado con tantas vidas y que, prácticamente, ha reducido a la nada a miles de edificios e infraestructuras sólo merece un calificativo, que no es otro que el de admirable.

Si ya a mediados de siglo pasado Japón se sobrepuso a la barbarie de Hirosima y Nagasaki, convirtiéndose, en pocas décadas, en una potencia económica de primerísimo orden, y en un referente de las nuevas tecnologías, mostrando una capacidad, asombrosa, de reinventarse, no me cabe la menor duda de que, también ahora, la condición de los ciudadanos de esta nación terminará por sobreponerse a la adversidad e, incluso, salir reforzada de esta situación crítica.

Y, para muestra, un botón. Cuando se han pedido voluntarios para acceder a la central nuclear a fin de evitar, en la medida de lo posible, y con riesgo de sus vidas, importantes fugas radioactivas, se han presentado cientos de miles de candidatos desbordando la mejor de las previsiones. Ante ello, otro amigo, me apuntaba en un tono jocoso, pero certero, que si esta situación se hubiera producido, por ejemplo, en un país de cultura mediterránea, habría que ver cuántos ???reclutas??? se apuntaban a la ardua tarea.

No se han producido, pese a que el contexto era especialmente propicio para ello, ni reacciones violentas, ni actos de pillaje y saqueo, cuando, seguramente, en cualquier otro lugar del mundo se hubieran sucedido de manera vergonzante, como ocurrió, por ejemplo, en aquella New Orleans devastada por los agentes climatológicos y por la imprevisión gubernamental.

Pero es que, además, hasta la inteligente arquitectura e ingeniería de los edificios y rascacielos, ha protegido a las estructuras y sus moradores del mayor de los desastres.

Pero el orgullo de Kats no emergía sólo, aunque también, de estas circunstancias. No. El se sentía orgulloso de ser japonés porque, cuando algún despistado occidental, preguntaba a personas duramente golpeadas por la debacle, por las repercusiones económicas de la misma, éstas le espetaban, perplejas, que, simple y llanamente, aquellos eran momentos de preocuparse y ocuparse de quienes habían perdido a sus seres más queridos.

 

 

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