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Solidaridad 2.0

Han sido millones de personas en todo el mundo (hasta mil millones) las que han seguido, minuto a minuto, y en riguroso directo, el rescate de los 33 mineros chilenos atrapados en las entrañas de la tierra de Atacama durante, prácticamente, setenta días. 

Numerosísimos medios de comunicación no chilenos, unos trescientos en total, contribuyen a la difusión de la leyenda de los héroes de “La Esperanza” entre sus consumidores, muchos de los que, durante más de dos meses, se han solidarizado, sin ambages, con la dramática causa de una treintena de valientes, que nos han ofrecido, con su coraje y actitud, al menos hasta ahora, una impagable lección de dignidad.

En nuestra actual sociedad, tan desarrollada, resulta de todo punto razonable, naturalmente, mostrar inquietud y brindar todo nuestro apoyo a cualquier congénere que se encuentre en una situación de menester. De hecho, nos sentimos, más humanos, mejores, al hacerlo. Y más aún si la necesidad azota a un grupo numeroso de personas, que luchan por su supervivencia, en algún lugar remoto, a ser posible del tercer mundo, al filo de un trágico desenlace.

O sea, si se trata de una historia de interés humano, aderezada con las consabidas dosis de suspense y exotismo y, por supuesto, debidamente retransmitida, al más puro estilo de un rompedor “reality show”. 

Sin embargo, y tal vez porque nadie incide tanto en ello, somos capaces de convivir, sin inmutarnos, con dramas que sólo pueden tildarse como verdaderas lacras sociales. No es necesario remitirse a derroteros filosóficos o morales para encontrar indicios de ello. En realidad, las mismas portadas que nos detallan, hasta extremos inusitados, cómo se ha producido el milagroso rescate en el norte de Chile, incluyen, en formatos de menor relieve, referencias a que la violencia machista se ha cobrado una víctima más (y ya son 55 en lo que va de año, igualando el número de víctimas totales durante 2009), y a que una mujer ha resultado agredida por un individuo, en una disputa  por un billete de transporte, en el metro de Roma, dejándola inconsciente de un puñetazo, ante decenas de personas que no han movido un músculo para prestarle la menor de las ayudas, y eso que el agresor se ha dado a la fuga de inmediato.

Causa escalofríos la indolencia de los seres humanos ante las situaciones de necesidad de sus vecinos más próximos. No dudamos en iniciar, poco menos que cruzadas, para paliar las celebérrimas desgracias que se producen a miles de kilómetros, pero es como si padeciésemos una incapacidad funcional para, tan sólo, tender la mano a quien tenemos cerca y precisa de nuestra protección.

Y lo que es más extraño: casi nunca nos damos cuenta, sólo por nosotros mismos, de eso, de que somos capaces, con poco esfuerzo, de allanar el camino que a alguien le resulta tortuoso; y no lo hacemos, o bien porque ese alguien se nos antoja tan insignificante que ni siquiera somos capaces de identificarlo, o bien  porque su pesar lo percibimos como un camino ancho, llano y cuesta abajo.

Definitivamente, el anonimato, en esta “sociedad 2.0” no es un valor que cotice al alza.     

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0 Comentarios

  1. mugarra

    Hoy me ha gustado especialmente tu artículo

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