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New York baserritarra

Ahora que entre nosotros los mercadillos de verduras languidecen, y se abandonan las huertas del extrarradio de las ciudades, van los de New York y se ponen a cultivar verduras en las azoteas de los rascacielos y las venden en improvisados mercadillos por la Sexta Avenida. Es la moda retro que vuelve, el baserri que conquista la gran ciudad; los neoyorkinos que hacían footing por los parques se han comprado una azada y un rastrillo y se dedican a cultivar lechugas y zanahorias en sus tiempos libres.
 
Según cuentan los periódicos, se trata de un fenómeno que se multiplica en todos los Estados Unidos. Los americanos, hartos de los productos envasados que les sirven en los “pesebres” de las grandes superficies, que no sabemos de dónde vienen ni cuánta química llevan dentro, ni si son trasgénicos, prefieren verduras y hortalizas cultivadas al lado de su casa, recién sacadas de la huerta, con olor a fresco, cultivadas con artesanía de la de siempre.
 
También cuentan los periódicos que los espárragos ya no vienen de la ribera del Ebro, ni las alcachofas de Tudela, ni los pimientos de asar de Mendavia ni los del piquillo de Lodosa. Tampoco los champiñones vienen de La Rioja, ¿que va? Nos cuentan que casi todo nos viene, si es fresco, de Almería o de más lejos, y si es en conserva, de China, de Perú, de la India, y que las empresas conserveras de Navarra, La Rioja y Murcia se han trasladado a Perú y a China, han instalado allí sus fábricas y han comprado tierras para cultivar en ellas las conservas que luego nos venden aquí y en todo el mundo. Por una razón muy sendilla, porque les sale mucho más barato producirlas allí con precios y salarios de allí, y de paso pueden distribuirlas por todos los supermercados del mundo.
 
Pero nosotros a lo nuestro; cada vez hay menos huertas alrededor de las ciudades; cada vez resulta más difícil conseguir un trozo de terreno cerca de casa para plantar cuatro verduras y comer el fruto del trabajo de tus manos. Aquel famoso “Plan Badajoz” de la entrada de Amorebieta, en aquella solana sobre el río al borde de la N-634, es ahora un parque con césped cue cuidan empresas subcontratadas por el Ayuntamiento y que no visita nadie. En algunos sitios parece que los Ayuntamientos ofrecen tierras así a los jubilados, pero son los menos. Se considera más rentable y con más demanda construir más y más polideportivos.

Lo que se lleva ahora es eso, el footing, el padel -como Aznar-, el tenis, como las hermanas Williams y Nadal…  A lo más, a lo más, el jardín alrededor del chalet y la máquina cortacésped. La azada y el rastrillo pertenecen a la prehistoria. !Qué vulgaridad, qué atraso!  
 
Y van los neoyorkinos, los que dan el último grito en modas y tendencias y gustos exquisitos, y se ponen a plantar zanahorias en las azoteas. Siempre nos pillan con el pie cambiado; nosotros vamos, y ellos ya están de vuelta. Como con la crisis y la burbuja inmobiliaria. Si queremos ponernos al día, vamos a tener que reciclarnos y comprar unas azadas para hacer deporte… Pero por lo menos sabremos lo que comemos y comeremos productos frescos… El cuerpo lo ganará… y quizá también nuestro estado de ánimo. Porque siempre es bueno volver a la tierra, esa novia que nunca nos falla, esa “ama-lur” de nuestros antepasados.

Honorio Cadarso es periodista

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