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María de la O

En el imaginario cristiano y occidental, diciembre es vuestro mes, mujeres que estáis en estado de buena esperanza, como aquella aldeana de Nazaret, aquella mísera aldea escondida en los pliegues del mapa de Galilea, aquella María que por estos días andaba ya con los primeros síntomas de un próximo parto. Aquella aldeana se llamaba María, y nosotros, para recordar su embarazo, hemos dado en llamarla María de la O.

Nada que ver con aquella vieja copla castiza de Mari Fe de Triana, que luego han retomado casi todas las tonadilleras de tronío: “María de la O, qué desgraciaíta tú eres gitana, teniéndolo to/ Te quieres reír, y hasta los ojitos los tienes moraos de tanto sufrir”. Aunque… el cuadro de tragedia que pinta la copla podría aplicarse también a María de Nazaret, pobre aldeana sin recursos, embarazada no se sabía cómo, con un novio evidentemente perplejo, obligada por el emperador a viajar en burro hasta la lejana Belén a empadronarse, tenía que estar forzosamente preocupada… Pero eso sí, portadora en su vientre de un bebé, del mismísimo Hijo de Dios, aquella cuitada aldeana recibía del fruto de su vientre todo el coraje preciso para afrontar ella tantas dificultades.

En los calendarios de Europa, María de la O tenía en diciembre una fiesta especial que los libros sagrados llamaban de la Expectación del Parto  de Santa María. Y en las iglesias, a mediodía, las campanas tocaban un toque especial dedicado a Santa María de la O. 

Pero la Iglesia ha suprimido esa fiesta, igual que Zapatero ha suprimido el premio especial de 400 euros por cada nacimiento. Al parecer, ser madre, quedarse embarazada ha dejado de estar de moda. En 1975, en el estado español, por cada 1000 habitantes nacían al año un promedio de 18,8 bebés, y en Euskadi 19. Pero en 2010, a pesar del alto nivel de natalidad de las mujeres emigradas que viven entre nosotros, y que hacen subir un poco los porcentajes, en el estado español nacen al año por cada 1000 habitantes 11,4 bebés, y en Euskadi 9,9. La comunidad autónoma vasca figura a la cola de la natalidad en Europa, solo por delante de Alemania, Italia, Portugal y Austria.

Y para reforzar esa siniestra moda, el estado escatima las ayudas a la natalidad, mantiene en niveles bajísimos el tiempo de baja por maternidad; y con el mismo objetivo de frenar el ascenso de la curva de natalidad, las empresas se resisten a admitir en plantilla a mujeres, intentan rescindir el contrato a las que se quedan embarazadas, o hacerles la vida imposible. María de la O del siglo XXI, las que os quedáis embarazadas en el estado español: “qué desgraciaíta tú eres, bonita, teniéndolo to/ te quieres reír, y hasta los ojitos los tienes moraos de tanto sufrir”. Y al paso que vamos, la población española descenderá notablemente en el futuro, habrá muchas más defunciones que nacimientos.

Uno no tiene más remedio que cantar y ensalzar el coraje de remar contra corriente, de lucir ante el personal un embarazo bien llevado, de hacer frente a tantas dificultades y estorbos que esta sociedad pone a vosotros, madres coraje.

Es evidente que la decisión de ser madre pertenece a la mujer en plenitud de uso de su libertad, estamos ante una opción libre, la mujer no es para beneficio y servicio de la sociedad, sino más bien al contrario, vivimos en sociedad para ayudarnos en la realización de nuestra proyecto de vida, cualquiera que sea. Pero también parece evidente que por falta de recursos económicos y derechos sociales muchas mujeres se ven obligadas a renunciar a ser madres. Y también parece evidente que un país sin mujeres encinta es como un jardín sin flores, como un cielo sin estrellas, como un mar sin olas ni espuma blanca. Como un hoy sin mañana, una noche sin aurora, un presente sin futuro.

Porque un país sin esperanza, sin proyectos de mejora para las generaciones venideras, es un país condenado a volver a una nueva era de la glaciación, a ahogarse en el envenenamiento de la atmósfera, a inmolarse en un gigantesco petardo nuclear.

Por mero instinto de supervivencia, la sociedad debería apresurarse a mejorar la situación de todas las Marías de la O, a proclamar como ley fundamental del estado la igualdad de derechos de mujeres y hombres en el mercado de trabajo, la igualdad de obligaciones de los dos sexos en cuanto a las labores del hogar.

Y por puro sentido religioso, la Iglesia tal vez debería pensar en recuperar y destacar en su calendario la fiesta de Santa María de la O.

Honorio Cadarso es periodista

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