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Euskal Futbol Selekzioa

Esta Navidad nos traerá, ¡por fin! un nuevo partido de fútbol de la selección vasca, “Euskal Selekzioa”, o selección de Euskadi, o de Euskal Herria, o… como se llame, ya que su nombre me parece lo de menos. Lo que realmente me importa del partido que jugará contra Venezuela es que el sentimiento y la ilusión de todo un pueblo empujará y llevará en volandas desde la grada a un puñado de jugadores vestidos de rojo, blanco y verde.

Siempre me ha encantado ver los aledaños de San Mamés los días de partido de la selección (y omito deliberadamente la referencia a su nombre oficial para evitar herir sensibilidades), la fiesta y jolgorio organizados, y la muchedumbre de hinchas felices, infieles por un día al club de sus amores, que al margen del resultado deportivo pasean el orgullo de contar con su propia selección de fútbol.

Es curioso cómo el mundo del deporte en general, y el del fútbol en particular, es capaz de desatar desaforadas pasiones, aun en la más templada de las personas. Por ello, no es extraño que, moviéndonos en el plano de aquellas, los sentimientos de pertenencia grupal a una nación con identidad propia, afloren con especial intensidad en vísperas de los encuentros internacionales.

Y no es extraño, en su consecuencia, aunque yo, personalmente, no llegue a entender porqué, que algunos estados modernos, aferrados a unos principios centralistas anclados en el más puro e irredento jacobinismo, teman, sobre todas las cosas, que las naciones, o nacionalidades (ya estamos otra vez con el artificial peso de los nombres y de las palabras) que los integran, cuenten con la más mínima autonomía en el ámbito de las selecciones deportivas.

Envidio, desde la distancia, el pragmatismo y la inteligencia política anglosajonas, e igualmente, envidio a los aficionados escoceses, galeses, y norirlandeses que, junto con los ingleses, apoyan incondicionalmente a sus equipos nacionales. 

Los primeros, los políticos, mostraron en su momento la suficiente visión y altura de miras para transigir en uno de los espectros identitarios que calan más hondo, en el de las selecciones deportivas, y asegurase así, entre otras cosas, que con gran complacencia por la satisfacción del sentimiento nacionalista logrado, otra serie de seculares reivindicaciones, de cuño político y económico pasasen a un riguroso segundo plano ante el beneplácito generalizado de la ciudadanía. Los segundos, a cambio, disfrutan, que no es poco, como lo hacemos los vascos los días de partido de las selecciones vascas, de Euskadi, o Euskal Herria… con las “Euskal Selekzioak”, vaya.

No me pregunten qué es preferible, si el modelo británico o el español, dado que soy de natural inconformista y siempre lo quiero todo. Y más aún si de reconocimiento de realidades nacionales se trata. Sólo sé, planteamientos conceptualistas esenciales al margen, que en un plano puramente pragmático, faltan aún muchas piezas para completar el puzzle que conformaría a nuestro país como tal, y la que representa la oficialidad en el concierto internacional de las selecciones deportivas es una de ellas.

No está, pues, de más, que aprovechemos este ambiente festivo para encontrarla, y colocarla en su sitio. Sólo deseo que tengamos la sagacidad necesaria para hacerlo con éxito, sin que nos perdamos, como en otras ocasiones, en nuestros propios  y vanos laberintos.

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