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Amor y violencia

El caso de Pilar Marcos, la vecina de Tafalla que acaba de ser absuelta por un jurado popular del delito de asesinar a su marido, ha vuelto a dirigir la atención sobre la barbarie de la violencia machista. Y no es que la actualidad no nos alerte constantemente de esta sinrazón, no. Cada pocos días, los informativos dan cuenta de una nueva víctima, con ese tono de rutina que adquiere lo inevitable y que ni siquiera se altera cuando los casos se amontonan. Por ejemplo, el pasado viernes conocíamos al mismo tiempo el dictamen del jurado popular sobre el caso de Pilar Marcos; la admisión a trámite por el Tribunal Supremo del recurso de la familia de Nagore Laffage, estudiante de Enfermería de 20 años asesinada por un joven médico en los Sanfermines de 2008; y, por último, que el marroquí Abdeslam Brada, en búsqueda y captura por ‘presuntamente’ haber matado a su mujer y a sus dos hijos en Tarragona, se había entregado a la Policía en Barcelona. 

La concurrencia de estas tres noticias es interesante, porque pone una vez más de relieve que la violencia machista no entiende de edades, culturas ni clases sociales, sino que es más bien consecuencia de una creencia secular en la inferioridad de las mujeres y en su consideración de objetos al servicio de los hombres. Esta concepción ha sido reforzada por una interesada lectura de la historia, que ha minimizado la contribución femenina al progreso de la humanidad, por los mitos sobre el amor romántico, las prácticas y costumbres religiosas tradicionales, etc. Y tantos siglos de adoctrinamiento acaban por hacer mella en el inconsciente colectivo, sin que los esfuerzos voluntaristas de décadas y décadas por parte de las agrupaciones feministas, unidos a las políticas públicas de igualdad que datan de sólo unos pocos lustros, hayan rendido los frutos deseados.

Porque es cierto que las mujeres jóvenes ya no aceptan como algo natural un papel secundario y los hombres se van acostumbrando a la nueva realidad y cada vez dedican más tiempo a la vida familiar. Pero también abundan los casos de mujeres emancipadas que, sin embargo, patinan en el terreno afectivo dando muestras de una dependencia malsana de un hombre o una relación.

Para muestra, las desgarradoras declaraciones televisivas de Pilar Marcos tras el proceso judicial. Al mismo tiempo que se jactaba de haber “llevado dinero a casa”, admitía 45 años de humillaciones, insultos y palizas. Mientras calificaba su vida como un “infierno”, confesaba una pasión ciega por su marido: “Si lo he querido más que a mi vida”. Y refiriéndose al momento en que lo acuchilló después de que él se dispusiera a un nuevo ataque refirió: “Cuando vi lo que había pasado intenté con toda mi alma que no llegara ese final… y cuando llegó me quedé destrozada… por el hecho de que se me iba”.

Y es que en la vida de demasiadas mujeres, ya sean adolescentes, jóvenes o adultas, hay un amplio espacio donde el amor y el odio se encuentran y donde la razón y los sentimientos se enmarañan y entremezclan. De ahí las dificultades de muchas para romper con el círculo vicioso de la violencia de pareja. Añadía Pilar Marcos: “Os sorprendería saber la cantidad de mujeres como yo que viven en este país… y todas aguantan. ¿Por qué? Todas tenemos en común nuestra educación, los años que nos han tocado vivir, sin ningún apoyo ni ayuda ni reconocimiento a las maltratadas”.

Efectivamente, el nulo reconocimiento social y familiar de este problema ha sido fundamental en su persistencia, pero también los fuertes lazos que crean los vínculos afectivos, factor éste que sigue induciendo a equívocos descomunales sobre la naturaleza y el significado del amor.

Los seres humanos difícilmente somos capaces de llegar al ideal del amor incondicional. Pero desde luego éste no tiene nada que ver con dejarse literalmente el pellejo en una relación afectiva del tipo que sea. Existen múltiples definiciones y concepciones del amor y sus vicisitudes. Propongo para la reflexión esta aportación del psiquiatra Otto Kernberg, entrevistado el pasado lunes en ‘La Vanguardia’. A la observación de la periodista sobre que “en cualquier relación de amor hay siempre un elemento de agresión”, responde: “Cierto, y hay que integrarlo. Una buena pareja no es la que nunca pelea, sino la que es capaz de tener momentos difíciles con la conciencia clara de que en el fondo el amor es lo constante”.

Vivimos el fin de unos tiempos. Esperamos una Tierra nueva donde habite la justicia

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