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¿Feliz Navidad?

No me resulta fácil escribir sobre la Navidad. Me resulta complicado ordenar una multitud de recuerdos, desde mi pasado de niño hasta mi actualidad de muy adulto, recuerdos que se me amontonan y entrecruzan desordenadamente.

Mis recuerdos más lejanos y entrañables se remontan a la infancia de aquel niño que fui, el pequeño de una familia de nueve hermanos: el nacimiento con su portal y su cuna vacía hasta la medianoche del 24, el burro y el buey, las pequeñas montañas de musgo, los pastores con sus ovejas, los patitos blancos navegando sobre el espejo, los reyes montados en sus camellos…, y la cena de Navidad, la compota, el turrón y, sobre todo, el privilegio de poder cenar con los mayores y no tener que acostarme nada más terminar de cenar.

Siempre he pensado que son los pequeños los que más disfrutan de la Navidad. Cuando dejamos de ser niños la Navidad ya no resulta tan feliz, aunque sigue siendo esa oportunidad de unión, convivencia  y calor familiar. Hasta que llega esa Navidad en que faltan nuestros padres. Llega entonces el momento en que la Navidad no sólo no  te gusta, incluso puedes llegar a odiarla. Esta última cena de  Nochebuena, sin embargo, acompañado  de mis pequeños sobrinos nietos, viendo sus rostros y sus miradas radiantes de felicidad, reviví inevitablemente los recuerdos de mi infancia. Ellos son los que nos hacen recuperar la cara amable y feliz de la Navidad.

Y es que la Navidad tiene más caras, y no amables precisamente. La Navidad se ha convertido en una  práctica consumista generalizada. La Navidad es el momento del año en que somos, sobre todo, consumidores, olvidándonos de que es una fiesta religiosa en la que los cristianos celebran el nacimiento de un niño en el lugar más pobre y humilde. Resulta patético y contradictorio que lleguemos a gastar hasta lo que no tenemos para celebrar el nacimiento del Dios que predicó la pobreza. Aunque, puestos a buscar situaciones contradictorias, difícilmente encontraremos contradicción mayor que la escandalosa contradicción entre la cueva de Belén y los palacios y riquezas del Vaticano, sede del representante en la tierra de aquel pobre niño.

En otras épocas del año nos quejamos del precio de los productos, de los libros y material escolar a comienzos de curso, del precio de la gasolina… En Navidad, en  cambio, tenemos asumido que celebrar la Navidad significa comprar, precisamente en la época del año en la que son más caros la mayoría de los productos. Es la dictadura de la publicidad que sabe aprovechar estos momentos en que afloran nuestros mejores deseos y sentimientos para reconducirlos hacia el consumo.

Hace tres años cinco amigos aprovechamos estas fechas navideñas para ascender al Kilimanjaro. De aquella experiencia inolvidable volvimos con la satisfacción de haber alcanzado la cumbre de esa inmensamente bella y mágica montaña, la montaña más alta del continente africano. Pero lo que nos impactó más profundamente fue contemplar con nuestros propios ojos la inmensa pobreza de aquellas entrañables gentes, pobreza que en aquellas fechas navideñas contrastaba más aún con nuestros excesos consumistas. Porque mientras disfrutamos de nuestra ???feliz Navidad??? millones de seres humanos viven en la más inhumana pobreza, más de 1.200 millones de personas malviven con ingresos miserables, millones de niños no pueden acceder a la sanidad y a la educación en muchas partes de este mundo nuestro… Es la otra cara de la Navidad, la otra cara de nuestro mundo.

José Ramón Arrizabalaga es ex-profesor de filosofía

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