Maristak Durango
FP Zornotza
UNI Eibar Ermua
Ibiliaz Ezagutu Amorebieta

Venus

Le gustaba escribir su nombre como se
pronuncia, Reichel. La conoció en un partido de
basket cuando ella tenía escasamente 14 años
y él había acudido para ver a su sobrina. Era
una mocetona tremenda. Su corpulencia y su
dominio del balón la convertían en la líder
indiscutible del equipo. Su largo pelo azabache
recogido y su cuello sublime se le antojaban a
Gabi una imagen harto sensual.

Sucedió cinco años después. Lesionada,
quiso acompañarlo un día a ver a sus
compañeras más lejos de casa que lo habitual.
Sus padres no podían llevarla y Gabi se prestó
a ello sin dudarlo. ¿Para que ir sólo pudiendo ir
acompañado? Era la fase final y estaba
entrando el verano con jornadas calurosas.
Reichel llevaba una camiseta de tirantes y
atractivo escote redondeado con abertura
central y una larga tapeta de 5 botones, tres
de ellos sueltos.

De regreso, el
coche circulaba por la monótona autopista con
tan largas rectas que hasta el propio conductor
podía caer en la tentación del sesteo.

La joven desparramó su cuerpo sobre el
asiento junto a Gabi dejándolo en una postura
tan atrevida que comenzó a entumecerse. Con
el tenue traqueteo del viaje, el fino vello rubio
de su brazo acariciaba ligeramente el brazo de
ella y ese cosquilleo sensual, ese leve roce, fue
transmitiendo gratas sensaciones a ambos.
Reichel encaminó su mano suavemente desde
su ombligo hacia la gruta de Venus, a través
de los raídos y muy ajustados shorts que no
conseguían contener todas sus carnes. Sus
piernas comenzaron a estremecerse
sutilmente.

Gabi empezó a
prestar su atención a partes iguales entre la
carretera y el éxtasis de Reichel, mientras su
sangre comenzaba a concentrarse en la
entrepierna. Por supuesto, ni se le ocurrió
retirar su brazo a la vista de que con ello
ambos estaban dando rienda suelta a sus
sentidos.

Al cabo de un rato, él
rompió el silencio para preguntarle a Reichel si
le apetecía comer o beber algo. Ella reaccionó
inmediatamente cambiando de postura,
interrumpiendo de improviso aquellos largos
instantes cargados de erotismo. Ya no tenía su
mano izquierda dentro de las bragas. Musitó
algo entre dientes y volvió a cerrar los ojos.

-Creo que me comeré una
manzana que tengo por aquí. ¿No te apetece ni
tan siquiera darle un mordisco?
-No,
déjame seguir así- respondió ella,
revolviéndose.
-Seguir así- se dijo él,
girando de nuevo la vista hacia aquél
exuberante cuerpo que ahora le ofrecía una
amplia panorámica del par de dunas gemelas
que casi quedaban al descubierto. Detuvo el
vehículo y paró el motor.

Gabi
sacó su preciosa navaja suiza de la guantera
lateral y la abrió. La fruta que acababa de
encontrar fue el mejor alimento, para su libido.

Reichel sintió el frío acero entre
sus senos y notó cómo iban saltando los dos
botones que le quedaban abrochados en su
camiseta. Se estremeció y suspiró levemente
pero no dijo nada, ni levantó sus párpados.
Ambos quedaron estáticos durante unos
instantes. Luego, ella cogió la mano de él con
la navaja, y llevándola de nuevo entre las
copas de su brassier, murmuró: -eres un
pervertido, pero no te quedes con las ganas,
continúa- y mientras tanto, volvió a dirigir el
dedo corazón entre los cálidos muslos,
buscando otra vez el lugar más recóndito de su
cuerpo.

Evidentemente, Morfeo y
Afrodita llegaron tarde a Dima.

Agustín Ruiz Larringan, herritar aktiboa.

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