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Trompetería funeraria

La muerte de 192 personas en el atentado yihadista de Atocha ha dado lugar en este aniversario del 11 de marzo 2014 a un funeral  presidido por un cardenal ataviado con sus mejores púrpuras, el Rey, el jefe del gobierno, las asociaciones de víctimas del terrorismo, todo un ceremonial en el que los sentimientos más nobles se han visto mezclados con torpes e inconfesables maniobras políticas y seudoreligiosas.

Los medios informativos han sido campo de batalla para repetir terca y machaconamente las mismas acusaciones que se propalaron a continuación del atentado contra ETA, contra partidos políticos, contra personajes con responsabilidades públicas, por parte de plumas ilustres de la Villa y Corte de Madrid, y que esas mismas plumas han vuelto a repetir cuando ya hay una sentencia firme de la justicia que las da por falsas. Acusaciones que muy sibilinamente han sido coreadas por algos dignatarios del gobierno y por el mismísimo Cardenal Rouco en el sermón del funeral en la catedral de la Almudena.

No faltaron voces que protestaron por un funeral de signo religioso y católico, que seguramente no hubieran deseado ni muchos de los muertos ni sus familias. Pilar Manjón, presidente de la asociación de víctimas de Atocha, se excusó diciendo que habían tenido que aceptar una ceremonia católica por mantener la unidad con las otras asociaciones de víctimas del terrorismo.

Frente a unos funerales marcados por la más amplia difusión publicitaria, por una profesión de fe católica y por la presencia de las personas más prestigiosas, pùrpuras cardenalicias, uniformes plagados de estrellas y la más alta aristocracia, sin salir de casa, podemos constatar cómo la gente de a pie está optando en estos tiempos por morirse sin hacer ruido, y sus familiares renuncian al panteón o el nicho en el cementerio por la incineración y derramar las cenizas sobre una campa o sobre las olas de una playa, y pasan de funerales en la Iglesia.

La crisis religiosa católica empezó con los matrimonios; cada vez más parejas se casan por lo civil, o bien luego se van a vivir juntos lisa y llanamente, y luego algunos dejaron de bautizar a los hijos. Se perdió en algunos casos el rito de la primera comunión, y por fin el personal está empezando a renunciar a llevar a sus difuntos a la iglesia. Y de los que acuden a los funerales a la iglesia, algunos entran al templo, otros prefieren esperar en el pórtico. El personal quizá responde así, alejándose de la iglesia, a actitudes prepotentes y tendenciosas como la que se ha criticado esta vez al sermón del Cardenal Rouco Varela.

El fasto y la celebración de la muerte, hasta ahora ocasión de ganancias más o menos pingües para los funcionarios del altar y los empresarios de pompas fúnebres, está siendo sustituído por un deseo de anonimato, de pasar desapercibidos, y por un dar la espalda al mundo de las apariencias, el boato y las “pompas”. Con el agravante de que algunos sacerdotes, invitados a acudir a la despedida del férretro en el tanatorio con una plegaria, se niegan a acudir, según se ha podido oir en alguna ocasión.

Hay mil anécdotas que confirman esta tendencia laicista y de rechazo de hacer de la muerte un teatro. Como la de aquella madre de familia que crió seis hijos, que dió trabajo a docenas de emigrantes llegados en pateras y sin papeles hasta que encontraron algo mejor, que en tu vida no hizo otra cosa que trabajar, que vivió en una mala covacha en el extrarradio, o aquella otra harta de soledad, terminaron sus días en esa soledad y anonimato en el que pasaron toda la vida.

Y a uno le da por pensar que deberían ser las primeras en inscribir en su recuerdo aquello de “bienaventurados los que mueren en el Señor” y aquello otro de que “serán  recordadas con paz y en paz”.

Uno desearía ese mismo recuerdo cariñoso y amistoso para todos los que dejaron este mundo, para las víctimas de todas las guerras y de todos los terrorismos, para todo ser humano. Con lutos religiosos o laicos, multitudinarios o íntimos, pero al margen de todo teatro y ponposidad.

Y que de una vez para siempre los muertos dejen de ser mercancía y moneda de cambio, arma rrojadiza en las batallas por el poder político, gancho para traer a la gente a la iglesia y a los actos religiosos, fuente de ganancias para personas que viven en la ociosidad y cobran por decir una oración delante del féretro.

Honorio Cadarso es periodista

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