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Nirvana

Esta semana ha tenido lugar
en Bilbao un ciclo de conferencias
sobre religión y
ecología, en el que han
participado budistas,
hinduístas, musulmanes,
nostálgicos de las religiones
precristianas europeas, y
representantes de etnias
americanas de Uruguay y Costa
Rica. Todo un mosaico abigarrado
y multicolor para afrontar el reto
del mundo actual, al que la fiebre
del neoliberalismo y del
consumismo está llevando
hacia la autodestrucción y
agotamiento del planeta Tierra y
del ser humano que lo habita.

Una voz unánime nos
llega, a través de todas las
religiones anteriores o
extrañas al cristianismo,
llamando al ser humano al respeto
y hasta la adoración del
medio ambiente y de todos los
seres vivos o inanimados, y a
sustituir nuestra hambre de poseer
y disfrutar sin límite, de
crecer sin fin, por un uso y disfrute
de los seres que nos rodean dentro
de la moderación y la
sobriedad.

Josip, un nepalí
maestro espiritual portavoz del
budismo y el hinduísmo,
ponderaba y exhortaba a todos a
no dejarse arrastrar por el deseo,
porque el deseo exacerbado
conduce a la insatisfacción y
la angustia de poseer, ser
más, tener más,
gozar más, y así al
sufrimiento y al estrés
torturador.

Desde las llanuras de Uruguay
y la pampa argentina, la
señora Michelena, confesaba
sentirse más apegada a su
etnia charrúa que al
apellido Michelena recibido de un
antepasado vasco, “que por cierto
comenzó a interesarse por
sus orígenes y por su
cultura euskaldun al vernos a
nosotros empeñados en
recuperar nuestras raíces
charrúas”, enfatizó.
Ataviada al estilo indioamericano,
pluma de ave a un lado y
ceñido el peinado con
diadema de cuero, elogiaba la
señora Michelena la sociedad
charrúa, masacrada en
1831 que intenta recuperarse y se
rige por una absoluta igualdad de
todos sus miembros, sin jefes ni
súbditos,, guiada por la
sabiduría de los ancianos,
adoradora de la luna, las colinas y
los antepasados. En la misma
clave se expresaba el
representante de una comunidad
india costarricense.

Desde el ángulo de las
culturas cristiana y musulmana del
Viejo Mundo, técnicos en
ecología y profesores de
religión intentaban justificar
las doctrinas conservacionistas y de
respeto a la naturaleza de sus
respectivas religiones, y salvar la
parte de culpa que dichas
religiones puedan tener en el
deterioro del medio ambiente y el
agotamiento de los recursos del
planeta.

No sin cierta dificultad, sobre
todo los representantes del
cristianismo.  Porque una
cosa estaba clara, las religiones del
Viejo Mundo se han implicado
excesivamente en los valores
neoliberales del capitalismo y las
finanzas, el dinero y el
petróleo, dejando de lado
sus mandamientos relacionados
con el respeto y veneración
por el medio natural.

Para los asistentes a este
encuentro entre religiones, una
cosa estaba clara: la humanidad
sólo sobrevivirá
volviendo al respeto religioso a
todo lo que nos rodea, al uso
moderado y al desarrollo
sostenible de los recursos
naturales. Y en este principio
están de acuerdo todas las
religiones, enfrentadas al ansia
neoliberal de consumo
desenfrenado.

El nombre de Dios, de todos
los dioses del mundo, conduce a la
negación del crecimiento
hasta el infinito, al mandamiento
de la sobriedad y la
moderación en el consumo.
Pero no todos los que se dicen
creyentes respetan ese orden que
nos proponen las religiones del
mundo en sus orígenes.

 

Honorio Cadarso es periodista

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