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“No” a la guerra

Una creía que las guerras eran ya cosa del pasado. Mejor dicho, la injerencia occidental en la soberanía de las naciones. Pues no: todo apunta a que se quiere reeditar en Libia una nueva tragedia al estilo de las de Irak o Yugoslavia.

Y un gobierno como el de Zapatero, que se había declarado antibelicista y partidario de una “alianza de civilizaciones”, se apresura a ponerse en vanguardia de la expedición.

Dicen que quieren salvar a la ciudadanía de una masacre a manos de Gadafi. Si es eso lo que se pretende verdaderamente, ¿por qué no le han parado los pies hasta ahora al dictador?

Las potencias occidentales tienen medios, diplomáticos y de toda clase, para acabar con el problema sin producir “daños colaterales”. ¿Y por qué no se ha intervenido en Marruecos, en Siria, en Yemen o en Bahrein, donde se está asesinando a civiles por participar en las protestas que pretenden derrocar a los regímenes establecidos?

¿Y qué sentido tiene establecer una zona de exclusión aérea sin plantearse hacer salir del país al dictador? Por lo que ha demostrado, éste dispone de una fuerza militar infinitamente superior a la de los rebeldes. ¿Qué pasará cuando las potencias extranjeras se retiren de Libia? ¿Acaso creen éstas que la bestia reparará en miramientos antes de aplastar a los opositores?

Da la impresión de que esta intervención militar es, nunca mejor dicho, una cortina de humo para desviar la atención de la crisis mundial. Y también una estratagema para tratar de remontarla.

En el transcurso de la historia, se ha recurrido a las guerras en multitud de ocasiones para revitalizar las economías agonizantes. No olvidemos la gran fuente de ingresos que es para países como EE UU o el propio Estado español la venta de armamento. Según informaciones periodísticas, 2009 fue el peor año en medio siglo para la economía española, que perdió el 3,6% de su PIB y superó los cuatro millones de parados. Sin embargo, las exportaciones de material bélico alcanzaron un récord histórico y se incrementaron un 44,1% respecto a 2008. Eso, sin guerras a la vista, porque conflictos “olvidados” los hay a decenas, quizás a centenares.

Y mientras unos países sacan brillo a los polvorientos misiles ‘Tomahawk’, sobrantes de la ‘Tormenta del Desierto’, otros se distancian del ‘Amanecer de la odisea’, nombre con que han bautizado la nueva aventura.

Casualmente (¿quizás no es casual?), son los países emergentes, los que escribirán el futuro, China, Rusia, India y Brasil, junto con Alemania, quienes marcan la diferencia. Quizás intuyen lo que ocurrirá. Puede que hayan escuchado a expertos militares asegurar que es inevitable que la acción culmine en una operación terrestre, con lo que ello significa.

No nos engañemos: estamos en el umbral de un conflicto bélico. Atroz e inútil, como todas las guerras. Las cruentas y las incruentas. Y aún estamos a tiempo de detenerlo. No hemos llegado al albor de una nueva era para seguir enrocados en las rutinas y estrategias del pasado. Y tampoco es ésta la vía de crecimiento económico que esperamos ni deseamos, ni nos merecemos.

Vivimos el fin de unos tiempos. Esperamos una Tierra nueva donde habite la justicia

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