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Muerte en la carretera

Cuatro personas fallecieron el pasado domingo de madrugada en la carretera en Orio. Apenas una semana antes, tres adolescentes y un joven se dejaban la vida en Elgoibar en parecidas circunstancias. Golpes brutales, que me han traído a la mente la peripecia vital de dos viejos amigos que perdieron, cada uno de ellos, a un hijo en accidente de tráfico.

Partiendo de que una experiencia de este tipo es lo peor que puede pasarles a un padre y a una madre, para mí estos dos casos revisten, por cercanía emocional, especial dramatismo. En uno de ellos, quien conducía el coche era el propio padre y la víctima era su única hija. En el otro, había sido un niño no deseado que, con el tiempo, se convirtió en el principal apoyo de mi amigo.

La primera era una niña muy deseada, casi prodigio, a la que en casa, con gran esmero, habían enseñado habilidades de adulta. Pero su padre apenas había tenido tiempo para dedicarle por lo absorbente de su profesión. El segundo llegó cuando el padre, próximo a la cincuentena, apenas tenía energías para criar a otro hijo y, según lamentaba, su venida socavaba su libertad y la economía familiar. Pasó años quejándose de su (mala) suerte, pero luego se prejubiló y tuvo mucho tiempo para compartir con el niño y verlo crecer. Hecho ya un joven, ese hijo se convirtió en su mejor cómplice y confidente. Hasta que el fatal accidente se lo arrebató, dejándole literalmente mutilado.

Fue todo un acontecimiento observar a estos dos hombres vehementes, fuertes y ambiciosos evolucionar hacia un estado infantil de desamparo, circunspección y tristeza. Hoy, después de mucho tiempo, no consiguen levantar cabeza. Ha sido un proceso difícil, incluso para quienes hemos ejercido de meros espectadores. Porque, por mucho cariño que queramos o seamos capaces de brindar, estos tragos amargos se beben en soledad.

La desaparición de un ser querido siempre es algo duro de digerir. Pero hay muertes y muertes. Cuando una persona ha cumplido su ciclo vital, ha llegado a la vejez y ha tenido tiempo de protagonizar éxitos y fracasos, de hacer realidad sus proyectos y de dejar otros pendientes también, porque la vida no da para tanto por larga que sea; entonces, aceptamos la muerte como algo lógico y natural. Pero cuando el infortunio arrebata de pronto el futuro a unos jóvenes llenos de vitalidad y de salud; cuando la muerte llega de repente y nos coge desprevenidos, no hay otro asidero que eso que, de tanto escucharlo en los funerales, parece un tópico, pero que es la pura realidad: la existencia es un milagro, un don y un misterio, que a veces sólo apreciamos cuando la vida nos coloca en un callejón sin salida.

Vivimos el fin de unos tiempos. Esperamos una Tierra nueva donde habite la justicia

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0 Comentarios

  1. Maquinash

    Entiendo totalmente los dramas humanos, todos sabemos que la carretera no tiene sentimientos, que nunca podemos esperar nada bueno de ella. Es duro perder a cualquier familiar. Cierto es que quizá una persona con la mayor parte de su vida cumplida se vaya, nos resulta mas asumible. Y perder a un hijo es lo peor que puede pasarle a un padre. Pero, yo quiero que todos hagamos una autocritica, porque somos tan sumamente inconscientes al volante?. porque nos vamos de sidrería y nos matamos a 230 km/h? Visto como conduce la gran mayoría de personas, bajísima es la cifra de victimas que nos da la carretera. Creo que todos deberíamos respetar los límites de velocidad sin cuestionar que \\\”Ir a 80 es muy despacio\\\” en la autopista que circunda bilbao. Me produce risa el frenazo de todo el mundo ante los radares. Sólo nos importa el dinero, no las vidas propias y ajenas. Yo he perdido amigos en la carretera, y he estado a punto de perder alguno más, y todos ellos por imprudencias, exceso de velocidad o conducción bajo los efectos del alcohol. Debemos respetarnos mas unos a otros, en la calle, en la carretera y en la vida.

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