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La izquierda ante el espejo: autocrítica necesaria para volver a conectar

Hay momentos en los que conviene hacer una pausa y mirar hacia dentro. Para la izquierda, este es uno de esos momentos. No porque todo esté perdido, sino precisamente porque queda mucho por hacer y el camino actual parece conducir a un callejón sin salida.

El problema de la superioridad moral

Empecemos por lo incómodo: la izquierda ha construido demasiadas veces su discurso desde una posición de superioridad moral que, lejos de sumar, aleja. Cuando asumimos que nuestras ideas son intrínsecamente más éticas, más justas, más compasivas, dejamos de escuchar. Y quien no escucha, no puede empatizar. Y sin empatía, no hay forma de conectar con quien piensa distinto o vive realidades diferentes.

Reconocer esto no es un gesto de derrota. Es el primer paso para recuperar la capacidad de tender puentes. La rabia que antes canalizábamos se ha movido hacia otros espacios, y necesitamos entender por qué sin juzgar, sin descalificar, sin asumir automáticamente que quienes ya no nos escuchan están equivocados.

El giro hacia la ultraderecha: señal de alarma, no de condena

Y aquí está la evidencia más dolorosa: el giro hacia la ultraderecha no es casualidad. No podemos seguir tratándolo como si un 20% de la población se hubiera vuelto loca de repente, como si millones de personas hubieran dado un viraje de 180 grados en sus convicciones porque sí.

No me creo que de la noche a la mañana haya surgido ese porcentaje de fascistas convencidos. Lo que ha pasado es que esa gente ha dado un cambio radical porque lo que existe ahora no les sirve. Han virado el rumbo completamente porque buscan algo diferente, cualquier cosa que no sea más de lo mismo.

Y nuestra respuesta ha sido condenarlos, rechazarlos, señalarlos moralmente. Pero esa estrategia no solo ha fracasado: ha empeorado las cosas. Necesitamos ir al fondo, entender qué está fallando para que alguien prefiera votar a la ultraderecha antes que confiar en nosotros. Necesitamos buscar soluciones reales, no conformarnos con la satisfacción moral de estar en el lado correcto mientras perdemos elección tras elección.

Hablar desde el privilegio sin reconocerlo

El problema se agrava cuando nuestro discurso se articula desde la comodidad de posiciones privilegiadas. Hablar de justicia social desde un empleo estable, con acceso a sanidad y educación de calidad, tiene un punto ciego: no siempre captamos la urgencia de quien vive al límite, de quien ve cómo su salario en la empresa privada apenas le da para llegar a fin de mes mientras observa las condiciones del empleo público como un sueño inalcanzable.

Y aquí entra otra contradicción: no podemos abordar con franqueza las diferencias salariales entre el sector público y el privado porque lo políticamente correcto nos lo impide. No podemos cuestionar la eficacia de ciertas estructuras administrativas, no podemos plantear que el empleo público también debe medirse por criterios de eficiencia sin que se nos acuse de atacar derechos laborales.

Pero los salarios públicos se pagan con impuestos. Con el dinero de todos, incluidos quienes trabajan en precario, quienes tienen contratos temporales, quienes no llegan a fin de mes. Tratar el empleo público como si fuera intocable es perder de vista que la eficacia y la eficiencia en el gasto público no son conceptos neoliberales: son responsabilidad con quienes sostienen el sistema con sus impuestos.

El feminismo como único eje: ¿refugio o estrategia?

Y aquí viene otra verdad incómoda: la izquierda ha convertido el feminismo en su eje casi exclusivo, como si bastara para responder a todas las crisis. El feminismo es fundamental, necesario, imprescindible. Pero ¿por qué esta obsesión por centrarlo todo ahí?

Quizá porque es más sencillo. Porque genera menos conflicto interno que abordar las contradicciones económicas. Porque permite mantener un discurso cohesionado sin tener que enfrentar la realidad de fondo: un sistema completamente corrupto donde las diferencias de clase atraviesan también nuestro propio movimiento.

Mientras nos concentramos en un solo eje, los problemas estructurales siguen ahí, creciendo. Y la gente que no puede pagar el alquiler, que no ve futuro para sus hijos, que trabaja por sueldos de miseria, no encuentra respuestas en un discurso que parece ignorar su urgencia material. Esa gente está buscando alternativas. Y si nosotros no las ofrecemos, las encontrarán donde sea.

Una generación sin horizonte

Los jóvenes miran adelante y solo ven precariedad. Casas imposibles, empleos inestables, pensiones que probablemente no existirán. Y nosotros seguimos hablando como si pudiéramos recuperar el modelo de vida de hace 60 años, aquella generación boomer que pudo comprar viviendas, criar familias con un solo sueldo, jubilarse con dignidad.

Ese mundo terminó. Y pretender que volverá con las recetas de siempre es engañarnos y engañar a toda una generación.

Perdidos en medio de la tormenta

Vivimos una revolución tecnológica y un cambio de paradigma sin precedentes. Todo es incertidumbre. Las reglas del juego están cambiando a una velocidad que nos supera. Y mientras las élites maniobran para mantener el control, nosotros, los de abajo, seguimos sin centrarnos en las prioridades.

Nos perdemos en batallas culturales que, siendo necesarias, consumen toda nuestra energía. Nos enzarzamos en debates identitarios mientras la desigualdad económica se dispara, mientras el planeta arde, mientras la democracia se vacía de contenido.

Una posibilidad de cambio real

Pero reconocer todo esto abre también una posibilidad: si el sistema está completamente corrupto, no hay nada que conservar. Podemos construir algo diferente. Podemos proponer un cambio de sistema real, no solo reformas cosméticas.

Para eso necesitamos bajar del pedestal y escuchar de verdad. Entender por qué la gente vira hacia opciones que antes habría rechazado. No para condenarla, sino para ofrecerle alternativas reales. Hablar claro aunque incomode. Recuperar la conexión con las vidas reales de las personas reales. Abordar lo material sin olvidar lo cultural, pero sin convertir lo cultural en refugio para evadir lo material.

Necesitamos menos superioridad moral y más humildad política. Menos monocultivo ideológico y más capacidad de abordar la complejidad. Menos corrección formal y más honestidad radical.

Porque si somos capaces de mirarnos al espejo y reconocer nuestros errores, si logramos entender —de verdad entender— por qué alguien prefiere la ultraderecha antes que más de lo mismo, si recuperamos la centralidad de lo económico sin renunciar a otras luchas, entonces todavía hay esperanza.

No una esperanza ingenua, sino la que nace de la lucidez. La que sabe que el camino es difícil, pero que el primer paso es reconocer dónde estamos. Y desde ahí, quizá, podamos empezar a caminar hacia otro lugar.

(*Artículo de Herriaren Eskubidea-Independientes)

Grupo municipal de Herriaren Eskubidea-Independientes de Durango

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