Tristezas urbanas

“La naturaleza humana, lo mismo que un árbol, no florecerá ni dará frutos si se planta y se vuelve a plantar durante una larga serie de generaciones en el mismo terreno ya cansado.” Nathaniel Hawthorne, en la introducción de ‘La letra escarlata’, publicada en 1850, nos advirtió del peligro que corrían nuestros pueblos y ciudades. 168 años después seguimos sin abrir los ojos.

En las últimas dos décadas, nuestros municipios han degenerado en un mapa de terrenos yermos, de hormigón y de cemento trazado por los especuladores. Muchos de nuestros pueblos han dejado de ser esos lugares donde descansar y disfrutar del ocio y la naturaleza para huir del ruido y el estrés de las ciudades. Luchan para parecerse a ellas. “No podemos poner obstáculos al progreso,” nos dicen, como si el avance no fuese más que poner nuestra vida en manos de quienes construyen (y destruyen) con la única planificación que el beneficio a muy corto plazo. Denominan ciudad a aquello que destruye el hábitat tradicional para recibir espacios sin forma definida.

Los fines de semana, muchos de los que, por motivos laborales, residimos en Madrid sentimos la necesidad de abandonar la gran urbe para desacelerar el paso y respirar aire limpio. En mi viaje más reciente a casa, el pasado viernes, me acompañó un amigo chino que nunca había estado en Euskal Herria. Quedó maravillado con el paisaje. San Juan de Gaztelugatxe, Oiz, el Puerto de Ondarroa, Berriz… No paraba de sacar su teléfono del bolsillo para fotografiar todo lo que veía y presumir ante los familiares y amigos que siguen sus pasos a través de las redes sociales desde China. Repetía una y otra vez que Euskadi era muy diferente respecto a todo lo que conocía del Estado español.

Le hablé de nuestra comarca, charlamos sobre historia y, paseando por el pórtico de Andra Mari, le narré el bombardeo que asoló Durango durante la guerra civil. Continuamos caminando por las calles del casco viejo, el Arco de Santa Ana y, siguiendo el río, nos dirigimos a la estación de tren. Al llegar al descampado, me preguntó por qué esa zona se encontraba vallada y aparentemente abandonada.

Fue entonces cuando le expliqué el proyecto con el que se construirán 5 torres de 18 alturas. Percibí cómo cambiaba su rostro. No lo entendió. No lograba comprender que en una localidad del tamaño de Durango, con su arquitectura (en la que destacan varios edificios de Delclaux y Fullaondo), fuesen a construir bloques tan altos y modernos. Una de sus mayores preocupaciones era que la montaña, que tanto impresiona al caminar por la zona, iba a quedar oculta tras los inmuebles. “¿Y la gente no se queja?,” preguntó. “Sí, pero sus opiniones no se tienen en cuenta.” Se quedó pensativo. Creo que en ese momento entendió que Euskadi no era tan diferente como pensaba.

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2 Comentarios

  1. Evaristo
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    Si se mira el mapa geográfico de Durango, se observará que sus extensión es bastante reducida, más que Iurreta si cabe. Sin embargo los mendrugos y “mendrugas” que tenemos en el ayuntamiento, en connivencia con los especuladores del cemento y la construcción se empeñan una y otra vez en aprovechar cualquier resquicio del pueblo para rellenarlo de cemento y hormigón y ya no importa que tenga que hacerse hacia arriba hasta la misma altura que el Mugarra o hacia abajo hasta el confín de la astenosfera. Vamos, que ni Atila y su caballo. Es hora de echarlos y de nosotros depende.

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    1. Mendi
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      Durango es reducido no, lo siguiente, pero como el resto de villas amuralladas que se construyeron hacia el final de la Edad Media para quitarles poder a los jauntxos.
      No obstante, eso no significa que no pueda crecer hacia los lados, en terrenos de otros municipios de alrededor. Lo que pasa es que entonces ya no sería bajo el auspicio y control de este ayuntamiento.
      Lo del cemento… me temo que está extendido a casi cualquier municipio. Cuando alguna heredad cede al ayuntamiento, el que sea, unos terrenos a condición de que se haga un parque o se mantenga el bosquecillo, lo primero que se hace es urbanizarlo con unos caminitos. Luego llega otra corporación y decide convertirlos en aceras, etc. A la vuelta de 20 años, tras 5 corporaciones municipales, lo normal es que termine siendo una plaza de cemento total con unos pocos árboles.
      No sé, igual habría que preguntar en las escuelas de arquitectura, a ver por qué terminamos haciendo siempre lo mismo.

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