Friso
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Porción del ayer

 

Viví creando entornos con detalles,

simularé que lo recuerdo todo muy bien,

disfrazado de principio.

 

En mi memoria imprecisa tropiezo con una anárquica existencia, con una mutilada y borrosa bitácora de la que solo pueden ser leídas un aleatorio tres porciento de las páginas que un día fueron escritas, y en las que difícilmente se deja ver la palabra «no». Mi historia es, a su manera, la impotencia, la rabia de no querer contar nada por la insoportable minusvalía de no poder contarlo todo.

En un primer vistazo a esas pocas hojas rotas, se me antoja indiscutible que mi cometido era ligármela; y que nunca pude relajarme ni un momento en esa misión, dado que mi vida fue una chica que escapaba entre la conocida gente de una fiesta clandestina, borracha y libre, insultantemente joven. Vacía. Fue una idea que mutaba en cuanto era comprendida. Luché contra la casualidad y el tiempo, tanto que creí merecer vencer y, al romperme, al ser derrotado, me enemisté con la naturaleza misma de la justicia.

Me vi con la inteligencia suficiente como para hacerle trampas al tiempo, y, aterrado por la idea de su escasez, marché cuando no miraba, corrí, avancé a oscuras y cogí atajos. Nadie me avisó del precio que ahora pago por aquel error.

Aunque siempre creí que podría cosecharla, jamás alcancé paz alguna; ni yo mismo fui mi aliado, de ningún modo hubo nunca nada parecido a un matrimonio entre mi vida y yo. Constante proyecto cambiante, perpetuo esbozo que jamás tuvo el valor de definirse.

Obligado nómada, residí en una incansable búsqueda obsesiva sin fin, pues absolutamente todo parecía estar hecho para mi. Cruel danza insostenible. Crecí fuera del campo visual de las normas, intranquilo, con prisa por encontrar todo aquello cuya existencia desconociera y succionar el meollo de su trascendencia. Este desorden me enfrentó con quien me quiso, con quien trató de hacerme ver algo incompatible con el impulso que sentí, inherente siempre al insoportable desasosiego existencial de vivir comiendo pan existiendo fruta; resignado a la eterna búsqueda, atormentado por la brevedad de la plenitud proporcionada por lo específico.

Jamás me toleré el no, ni me admití el después. Aquel que vive, se debe a sí mismo hacerlo libre de sí mismo; hallar la fuerza necesaria a tal efecto en su interior. Habría preferido morir a vivir con miedo, a vivir hablando de otras vidas o esperando, a vivir callado, asomado a una ventana que hoy no existe. Viví mi vida sin excusas, sin demoras. Corriendo tras ella desesperado, traté de romper a cabezazos los muros y, aunque pueda resultar paradójico, enamorado de ella, desbordado por ella, hubo un tiempo en el que casi doy mi vida por la vida.

Fui un romántico, me permití adiestrarme en voluntades varias, cambiantes e inestables, para mi fáciles de alcanzar, como el olor de un beso abismado en el mismo centro de algún tipo de inmensidad. El caliente asfalto meado al que fui adicto, pellizcó con sus pegajosas uñas las suelas de mi causa, provocando un placer casi sádico durante los mejores años. Unido, hecho uno, quise desaparecer para ser olvidado, para dejarme ser, pero nada…

Requerí de algún amanecer de cansancio y respuesta, y sé que alguien requirió de alguno por mí. Me duele esta memoria cuando sabe a polvo de casa cerrada en un pueblo al que llegas tras horas de coche. Fui un conjunto de lugares atemporal, un interminable julio sin presupuesto, fui esa porción de la expectación no diluida por la inmediatez. Conceptista, minimalista y obligado solitario que, aun confuso, habría atinado de no haber ignorado la suerte el enfrentamiento que le propuse. Alguna vez no pude olvidar y quise volver, otras veces recordé tras años, pero jamás hizo falta lo malo para reconocer lo bueno, siempre fue prescindible; no hubo nada como dejarlo ir.

Fue mi viaje un eterno lugar para la reflexión, pequeña parcela en veloz desplazamiento desde la cual costaba observar el presente y la forma física en la que se iba casando con el futuro. Hubo que imaginarse la mayor parte; y en esa imaginación me hice. Esa imaginación fui.

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