Juguetes rotos

Al igual que sucede en el
mundo de las bambalinas, en el
deporte hay auténticos
niños prodigio que pierden
su infancia dedicándole
horas y horas de esfuerzo a la
práctica de un deporte. Casi
no se tienen en pie, no han
aprendido a andar y esos
niños ya les ponen una
raqueta en la mano, les suben a
un kart o le dan patadas a un
balón. Me arriesgo a decir
que para el 99% de esos infantes
no es más que un juego, y
que preferirían tener
más tiempo muñecos
en sus manos, y que la alternativa
que les presentan sus padres
también es algo de lo que
se pueden aburrir y se cansan,
lógicamente, como de
cualquier otro juguete. Claro que
los que no se cansan son sus
progenitores, que vuelcan en sus
vástagos sus frustraciones y
les quieren convertir en aquello en
lo que ellos nunca pudieron ser,
ésa sería una
opción terrible pero a mi
modo de ver incluso la menos
mala pensando que detrás
de ello puede haber motivaciones
tan trágicas como intentar
hacer negocio con sus hijos o
utilizarlos como vehículo
para conseguir un estatus social.

Bueno pues todo eso ocurre
hoy en día y en las
últimas semanas se ha roto
aquella versión de familia
idílica que nos presentaban
los Sánchez-Vicario. De
pronto se han convertido en la
Familia Monster donde la
vampiresa Lily Munster parece ser
que le chupaba la cartera a la hija,
el padre Herman Munster se
hacía un poco el loco y
Arantxa se mataba en las pistas
tratando de ocultar sus complejos
de patito feo con la casta que
mostraba en sus partidos de tenis
donde era admirada por su garra
más que por su clase. Al
menos así lo ha dibujado la
genial tenista en sus
recientemente publicadas
memorias.

Pero el caso de Arantxa no es
el único. El esfuerzo que
hacen especialmente las gimnastas
que saben que con 16-17
años ya son
‘viejas’ y que tienen
que hacer esfuerzos que son casi
inhumanos para conseguir una
beca y hacer caja para poco
más que pagar los estudios
universitarios, me parece que raya
lo denunciable. Esos casos no los
conocemos, no son
mediáticos, la gimnasia
artística no vende.
También el sacrificio de
deportes como el ciclismo o el
atletismo a tiernas edades tienen
luego secuelas. 

Obviamente, el baloncesto y el
fútbol, en general menos
exigentes que los anteriores,
tampoco se libran de crear
juguetes rotos y en ello tienen gran
culpa los Pau Gasol, Ricky Rubio,
Messi, Muniain y
compañía. Algunos
me estarán llamando loca,
pero esperar a que termine al
menos el párrafo. Todos los
citados tienen un nexo
común, el éxito les
ha llegado siendo adolescentes. De
los 14 a los 17 años ya
dejaban la impronta de su calidad
y habían firmado algunos
contratos que ninguno del resto de
los mortales firmaremos ni con 50
tacos. Y el problema es que eso ha
creado que muchos entrenadores y
padres, convencidos de que su hijo
les sacará de la
incertidumbre económica,
piensan que sus hijos deben de ser
estrellas con 16 años y que
su formación y exigencia a
gran nivel debe de empezar a los
6-7 años. 

El caso de Arantxa
Sánchez-Vicario lo hemos
conocido todos pero yo puedo
poner sobre la mesa los nombres
de por lo menos 5 casos similares
que obviamente no han salido a la
luz porque se quedaron en el
camino y no llegaron a nada. Los
padres no llegaron a vivir de sus
hijos y ahora tienen que convivir
con ello, lo que tal vez es casi
peor. La frustración es
doble. 

Pero no piensen que eso
está muy lejos, a los casos
que conozco no les pondré
nombres y apellidos, les invito a
que se lo pongan ustedes, con un
paseo por campos de
fútbol, basket y otros
deportes cualquier fin de semana,
seguro que les hacen identificar
unos cuantos casos más de
estos juguetes rotos. A otra escala,
claro está. Una pena, que
es lo que realmente me genera el
caso Sánchez-Vicario y otros
tantos que veo en Bizkaia.

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Naia Fernández es periodista

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