Ingeniería contra el acoso escolar

Las buenas relaciones entre los grupos humanos tienen una palabra clave: comunicación. Su ausencia supone el conflicto y todo lo que de él se deriva. Comunicación es sinónimo de fluir, de equilibrio entre dar y recibir.

Esta semana se ha destinado un día a recordar que los casos de acoso y ciberacoso escolar (‘bullying’, en inglés)  existen y que no se les dedica todavía la atención que merecen. Preocupa no sólo la solución, sino también la prevención.

Para que los organismos discurran suave y naturalmente tienen que fluir a un mismo nivel. Cuando las cotas son dispares, hay que recurrir a la ingeniería. En el caso que nos ocupa, la solución parece venir de Finlandia, como ocurre con todas las mejoras en el sistema educativo. Se llama programa KiVa (“contra al acoso escolar”) y se basa en trabajar, no únicamente con el agresor y la víctima, sino con todo el colectivo escolar, especialmente con los testigos de cualquier agresión. Se dice que está dando buenos resultados.

acoso escolarDado que no conozco a ningún acosador escolar, me los imagino como machitos de pequeño tamaño, alardeando de su capacidad de someter. Son los maltratadores de mujeres del futuro. Y, al igual que a éstos, no hay otra manera de neutralizarlos que retirarles todo el apoyo social. Precisamente, lo que se está haciendo en Finlandia y otros países a los que se ha exportado el modelo.

Y, como en el caso de la violencia machista, tenemos como protagonistas a un agresor y una víctima. Esta última en una posición de pasividad-sometimiento, que en nuestra cultura corresponde a lo femenino, y aquél en una perspectiva de dominio-agresividad, asociada a lo masculino.

La única peculiaridad del ‘bullying’ radica en que también hay acosadoras escolares. Se diría que, a veces, la igualdad en la que se supone que avanzamos va dada, más por la asimilación de las mujeres a lo peor del modelo masculino, que por un radical cambio de valores. Pero es que, además, lo masculino no es patrimonio exclusivo de los hombres, como lo femenino tampoco lo es de las mujeres, por más que la cultura patriarcal así lo venga remachando desde hace milenios.

Quizás si tuviéramos esto un poco más claro, si hombres y mujeres nos concediéramos (porque nadie nos la va a dar) la oportunidad de desarrollar plenamente ambas facetas de nuestra personalidad, nos acercaríamos a una sociedad de iguales, en la que la violencia no tendría cabida, porque no habría posibilidad ni necesidad de imponerse a nadie. No, al menos, por imperativo cultural. Estaríamos todas y todos al mismo nivel y la comunicación entre los seres humanos fluiría. Habríamos, al fin, erradicado el machismo, que es la causa de todos los abusos de poder.

Este es el reto que tenemos por delante si queremos acabar con cualquier clase de violencia. De momento, el programa KiVa sería el mecanismo de ingeniería que trataría de salvar, un tanto artificialmente, la diferencia de nivel entre el agresor y la víctima. Hasta ahí llega. Porque no va al fondo del asunto y tampoco evita que el problema se siga reproduciendo a perpetuidad.

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Periodista, feminista, coach. Os presento mis ocupaciones principales pero soy mucho más que eso.

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