El columpio

Fue una mañana de éstas, tras la vorágine festiva, que me levanté veinte años atrás y lo primero que hice fue mirar en la habitación contigua, sin estar seguro de si había despertado o no.

Mientras desayunaba, recordé que en la explanada de Abandoibarra presencié unos extraordinarios ejercicios de acrobacia del Cirque du Soleil.

Me ubicaba en la recién estrenada vivienda y tenía nuevos vecinos, jóvenes, noctámbulos o no.

De madrugada me habían despertado unos ruidos y sin saber de dónde procedían exáctamente, deduje que sería alguna pareja retozando en la cama.

Choqué con la realidad cuando bajé a coger el pan. Me encontré a la dependienta con un nuevo modelo de casco, color azafrán. El arte en las peluquerías está muy avanzado, me dije. No puede ser. Tengo que estar ya en el siglo XXI.

Rebobinando, allá por Bilbao ahora hay un museo moderno celebrando un aniversario nocturno multicolor.

Por interpretación de sueños, el espectáculo circense correspondía a un ejercicio sobre cinta que había realizado una gimnasta en Kurutziaga bajo la carpa de las txoznas.

El estrépito nocturno procedía de arriba. La familia crece. Ahora son padres, hijos y algún que otro perro alterado que alentó mi desvelo.

Tampoco encontré el periódico que en ocasiones compraba en el kiosko los fines de semana. Esto corroboró mi tésis. Cogí otro y miré la fecha: En efecto, quince de octubre de 2017.

Así es, porque los fines de semana nos preguntamos cómo es posible que, teniendo una plazoleta cuatro papeleras, haya gente tan guarra que deje sus botellones, latas, plásticos, envases de pizzas y demás, esparcidas por el suelo.

No ha pasado el Katrina, pero puede que llegue Ophelia en los próximos días. De momento hemos tenido transfusiones de confeti, las mejores llaves para guardar las fiestas de Durango y disponemos de una brigada feminista.

Puesto al día pues, ahora aprovecho para divagar por el futuro.

Allá por 204? donde espero se haya establecido mi fecha de caducidad, habré sustituido la muñeca hinchable por un holograma femenino o,  mejor neutro.  Seré un pellejudo con el rostro comido por carcinomas, encapuchado como “el hombre elefante”, que discutirá con su perro Txispi, aprovechando los fines de semana en que se ausenten los vecinos, para que no piensen que hablo sólo.

A veces se pone triste deduciendo que cuando me consuma se quedará sin tener con quién debatir.

Para su consuelo le digo que no tiene que preocuparse porque le dejaré a mi compañera holográfica y podrá hacer todas las animaladas que se le ocurran. Pero mi chucho sueña con humanoides eléctricos.

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Agustín Ruiz Larringan

Agustín Ruiz Larringan, herritar aktiboa.

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