De gallinas y otras especies

Se cree que desde el Neolítico se cogían los huevos de las gallináceas y otras aves que vivían por los alrededores de los asentamientos humanos. No se las mataba, sólo eran cazadas ocasionalmente. Parece ser que fue en la India donde se descubrió la posibilidad de incubar los huevos artificialmente. Después se domesticaron las gallinas salvajes que los producían, extendiéndose esta práctica al oeste, hacia Asiria y el Antiguo Egipto. De ahí la costumbre pasó a Grecia y, posteriormente, a Roma. En la Edad Media, por ejemplo, quien poseía un gallinero tenía asegurada la subsistencia. Este es el origen de la avicultura o práctica de cuidar y criar aves como animales domésticos con diferentes fines.

El gallo macho y también la gallina, ambos denominados ‘Gallus gallus domesticus’, tienen una esperanza de vida aproximada de entre 5 y 10 años. Son por naturaleza omnívoros e insectívoros. Como sabemos, pueden vivir confinados o ???libres???.

Hoy se nos ofrecen pollos de granja y pollos de caserío en las carnicerías y supermercados. Los primeros viven un máximo de 8 semanas, hacinados. Los segundos, los de label, 81 días, es decir: 11 semanas y 4 días, y tienen acceso al aire libre.  Otros, los capones, viven más tiempo, entre 15 y 18 semanas, pero a cambio en el camino, pierden sus testículos y sus crestas. (Demasiado, ¿no?)

Las gallinas -no quiero olvidarme de ellas- , unas viven enjauladas, y otras son ???camperas???.  Las primeras ponen muchos más huevos. Luego están las ???ecológicas???, con un medio de vida sostenible. Voy a saltarme todo el negocio de la farmaindustria: su alimentación y vacunas, a base de fármacos y diseños genéticos y transgénicos. Merece otro capítulo???

Existe un exhaustivo estudio del proceso de explotación para la puesta de huevos. Desde los años treinta a la actualidad las gallinas sometidas a la avicultura intensiva producen hasta un 150% más huevos. El proceso sigue las recomendaciones de estudios de marketing en su envasado para que los huevos tengan la coloración interna y externa que los hace más atractivos y consumibles aun a costa de tener menores sabor y nutrientes. Algo parecido sucede con otras aves y con las demás especies ganaderas. La sobreexplotación también es práctica habitual en la agricultura e incluso entre la especie humana.

Vivimos en la sociedad de la inmediatez, en el siglo de las prisas, la avidez, el dinero rápido y las apariencias. ¿Son necesarias tantas proteínas de origen animal en nuestra dieta? Los últimos estudios dicen que no. Pero, si vamos más allá, la sobreexplotación del ganado y su sufrimiento, ¿no están en relación con la especulación del grano de cereal, el cultivo intensivo y abusivo de grandes terrenos, la deforestación, la pobreza, la bolsa de valores y los transgénicos? ¿Qué precio, en el sentido amplio del término, estamos dispuestos a pagar a cambio de una alimentación más sana que es la base de una vida saludable?

 

Aurora Julià, homeópata

 

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