«Los niños de Yemen no saben qué hacer con un juguete; nunca han visto ninguno»

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Meritxell Relaño, en su labor como cooperante (fotos: Unicef Yemen).

Meritxell Relaño (Durango, 1972) cambió por unos días el estruendo de las bombas por el de las fiestas de San Fausto. En ese tiempo, pudo ver a niños y niñas disfrutando de la vida, ajenos a la violencia y a la miseria. Sin que sientan miedo al ver los aviones que surcan el cielo. Ahora ha regresado a Yemen, su primer destino en guerra en sus 17 años como representante de Unicef. Y a pesar de las duras escenas que presencia a diario, se siente una «privilegiada» por la oportunidad que se le ha brindado para ayudar a los demás.

-Te adentraste en el mundo de la cooperación a través de Bategiñez. ¿Cómo recuerdas esos años?
-Comencé a colaborar con ellas hacia 1993, año en el que viajé por primera vez a Pochuta (Guatemala) para conocer los proyectos que apoyaban. Desde pequeña me había atraído la idea de ayudar a los demás y con Bateginez tenía la opción de poder hacerlo directamente en mi pueblo. Me gustaba porque era algo tangible, de primera mano.

-Te interesó hasta el punto de decidir dedicarte a ello profesionalmente…
-Sí. Hice algunos cursos en Hegoa de cooperación al desarrollo y luego estudié sociología y ciencias políticas, pero siempre desde el punto de vista de las relaciones internacionales, materia sobre la que hice el doctorado. Eran años en los que se empezaba a profesionalizar esta actividad.

-¿Y cómo acabas trabajando para Unicef?
-Primero estuve un año en la coordinadora de oenegés en Bilbao donde tenía acceso a todas las ofertas que salían sobre el terreno. Entre ellas, una beca del Gobierno vasco para la oficina de Unicef en Colombia, que conseguí. Gracias a ella estuve un año y medio como voluntaria. En el 2001 me contrataron directamente y me enviaron a Timor Oriental y desde entonces he encadenado un trabajo tras otro, en Panamá, Mozambique (donde estuve 5 años), Gambia, Djibouti o Yemen.

Bombardeos como en Durango

-Cada destino tiene su peculiaridad, pero ¿hay puntos en común entre ellos?
-Las ganas de luchar y de salir adelante de la gente. Y que siempre encuentras personas que dedican su tiempo a ayudar a los más vulnerables. Eso entre los aspectos positivos, claro.

-¿Dónde has visto las situaciones más duras?
-Ahora, en Yemen. Vivimos en plena guerra y estamos siendo bombardeados, como ocurrió hace 80 años en Durango o Gernika. La gente no tiene comida ni trabajo y en los hospitales me encuentro con niños desnutridos o que han sido mutilados. Hay pobreza en otros países, pero la violencia de un conflicto incrementa el sufrimiento.

-¿Cuáles son las principales necesidades?
-Además de los problemas para conseguir una alimentación adecuada, no hay colegios ni hospitales. Y no podemos limitarnos a reparar lo dañado, sino que hay que trabajar a largo plazo, sentando las bases para que el sistema se mantenga. Pero la guerra hace que sea complicado moverse por el país. Aunque logres reunir los suministros necesarios, tienes que mediar con las distintas partes en conflicto para poder distribuirlos.

«Me siento una privilegiada»

-En estos casos, la infancia es especialmente vulnerable. ¿Cómo viven el día a día?
-Siguen siendo niños a pesar de todo, aunque hay cosas que te chocan. Por ejemplo, que no saben qué hacer cuando les das un juguete. No entienden lo que es, ni para qué sirve. No los han visto nunca. Aparte de que tienen carencias en todos los aspectos: alimenticio, educativo, sanitario. Todo eso se refleja en sus miradas, que son diferentes a las de un pequeño occidental.

-En muchos casos, el llamado ‘primer mundo’ ha sido responsable o cómplice de conflictos y desigualdades en otros países. ¿Has sentido algún tipo de rencor?
-En Yemen sí hay una cierta inquina hacia Estados Unidos, pero en América Latina sentí bastante aprecio por España. Y en el resto de sitios se nos respeta bastante. Después de todo trabajamos por el mismo objetivo. Siempre se recibe bien a quien quiere ayudar.

-Personalmente, ¿qué te aporta este trabajo?
-Es mi pasión, lo que más me gusta hacer. Me siento una privilegiada al poder hacer algo que sirva a alguien. No sé si logro mucho o poco, pero me llevo la satisfacción de intentarlo.

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