De jubilado, misionero

De jubilado, misionero

Este reportaje presenta a un hombre poco corriente. Singular por la manera de vivir su jubilación y también su vida, cuyo itinerario le ha conducido de forma natural al lugar donde se encuentra. Una década después de su retiro anticipado con 52 años de la banca, Edu Zabala colabora como misionero en una parroquia en Perú.

Comencemos aclarando que se trata de una persona muy religiosa. Alguien que ha dedicado la mayor parte de sus energías a obras de piedad, encarnando perfectamente los atributos del hombre devoto. Ya queda poca gente como él. Ahora son los movimientos sociales los que se encargan de encauzar las inquietudes espirituales de la juventud, que no tienen por qué ser necesariamente religiosas.

Pero en su mocedad –el tiene ahora 63 años– eran los grupos cristianos los que se ocupaban de este tipo de intereses. Además, el contexto social todavía estaba impregnado de religiosidad y en su caso este ambiente se extendía a su familia.
 
Hermanos religiosos

Edu tiene un hermano gemelo que es cura misionero y ha vivido tres décadas en la República Centroafricana. Además, una hermana es carmelita descalza en Durruelo (Avila). Concretamente, según explica con un brillo de satisfacción en la mirada, “en el monasterio de la Madre Maravillas, a quien el papa ha hecho santa ahora”.
 
Fue por medio de esta hermana, mejor dicho, gracias a su maestra carmelita, la madre Adoración, como conoció el Instituto Secular de los Cruzados de Santa María y se unió a su obra. Reconoce que esta denominación suena extraña para estos tiempos, pero aclara que es común en las instituciones religiosas. Se trata de una hermandad de laicos unidos por una misión común. Su tarea es la educación religiosa y humana de la juventud.

Una vez integrado en el instituto, adquirió un piso en Ezkurdi, encima de la heladería y convivió un tiempo con un grupo de jóvenes. Más tarde compró una casa en Bilbao, que ya no existe, con el mismo fin. Entre tanto, daba catequesis de confirmación en San Fausto con el Padre Zavala. Esta labor terminó y los pisos, por los que pasaron 150 jóvenes, se cerraron, pero él prosiguió con su labor evangelizadora de oración, retiros y ejercicios espirituales.

Amistad con latinos

A la vez empezó a entablar amistad con inmigrantes latinoamericanos y, además, les ayudaba a organizar campeonatos deportivos. “Para ellos el fútbol y el futbito son un desahogo”. Disputaban una liga que se jugaba en Maristas. En la última participaron unos 200 jugadores. También esto terminó, aunque sigue en contacto con algunas de estas personas.

En 1996 viajó a Perú por primera vez. Después fue yendo y viniendo hasta que en 2007 se puso en contacto con un miembro de su instituto, un cura a quien conocía desde mucho tiempo. Pensó que allí su labor sería más útil. Problemas de salud demoraron su marcha y por fin dejó Durango en febrero de 2009. Regresó un año después para asistir a la boda de su hermano, Rafa ‘Zipi’, conocido entrenador de baloncesto, y estas semanas atrás ha permanecido aquí de nuevo.

La parroquia donde ha trabajado estos dos años se encuentra en la localidad de Tacna, en la frontera entre Perú y Chile. Allí ha recorrido aldeas para dar catequesis en las escuelas y ocuparse de la formación religiosa de jóvenes y matrimonios. “Me he dedicado a organizar bodas, bautizos… a recuperar para la religión católica a gente que la practicaba en la juventud pero después se fue por otros derroteros”.
Una de sus principales preocupaciones ha sido llegar a la juventud, afectada gravemente por la desestructuración familiar en aquella región, aunque reconoce que no es fácil. “Les cuesta abrirse”, admite. Pero las nuevas tecnologías, a las que antes era reacio, le han brindado nuevas posibilidades. “Me cuentan por el ‘messenger’ lo que no consigo que me digan cara a cara”.

Destrozos en la selva

La vida en Perú, señala, es difícil para una población que carece de muchos recursos y, por supuesto, de acceso a cualquier tipo de educación que no sea la de nivel básico. La zona carece también de las mínimas infraestructuras y, según cuenta, la deforestación está destruyendo lo poco que hay. “Se están cargando la selva. El Gobierno vende los montes a las multinacionales y la tala de madera unida a las fuertes lluvias hace que se desplomen laderas y desaparezcan los caminos” lo que dificulta los desplazamientos.

En estos días de descanso en Durango y de reencuentro con familiares y conocidos sopesa también si vuelve a Perú o se desplaza a Valparaíso (Chile), donde su instituto tiene una comunidad. Lo que tiene claro es que “no me veo” aquí, aunque se muestra dispuesto a hacer lo la Iglesia necesite de él.

 

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