“Para mi madre fue un sueño visitar Durango después de 52 años en el exilio”

Marina Fuster, acompañada de su marido, Gerard, exhibe la bandera republicana, cuyos colores tanto emocionaban a su madre.
Marina Fuster, acompañada de su marido, Gerard, exhibe la bandera republicana, cuyos colores tanto emocionaban a su madre.

Marina Fuster Uribarrena es hija de una gran luchadora por la libertad y la democracia, Benita Uribarrena, nacida en Durango y exiliada a Francia tras el bombardeo de 1937. Este fin de semana ha estado en la localidad para rendir homenaje a los represaliados locales durante la Guerra y el franquismo y a toda su familia, que lo dio todo por el ideal de restaurar la República.

Benita, además de trabajar como correo del PCE durante la posguerra y el ominoso franquismo, también integró la Resistencia francesa en la II Guerra Mundial, gesta por la que fue condecorada. Pero para Marina, hubo muchas y muchos que como su madre, que falleció el año pasado, arriesgaron su vida por la libertad. Tiene ejemplos cercanos: su abuela Benita Bollaín, que desde su quiosco de Ezkurdi voceó que se había proclamado la República, por lo que fue encarcelada en una perrera. O sus tíos Natividad, Santiago y Mari. Otra tía, Mariana, también hermana de su madre, corresponsal de un periódico, fue asesinada.

-Compartieron todas un mismo tipo de vida.
-Sí, tuvieron un destino fuerte, rico, intenso. De peligro, de sufrimiento, de entrega total a una causa. Procedo de una familia con muchos valores y al mismo tiempo muy atrevida. Se jugaron la vida durante decenios.

-¿Qué les mantenía en la brecha?

-Eran republicanos. Ya lo era mi abuela, una de las pocas mujeres de Durango que sabía leer y escribir. Tenía cultura. Cultura política también. Sufrieron la situación del 34 y el 37, y vivieron siempre con la ilusión de volver a ver una España republicana. Ese fue el hilo conductor de su vida. Lo fue también de miles y miles de luchadores como ellas.

“Defendieron su causa hasta el final”

-Todos ellos esperaban que la situación revirtiera pronto.
-Sí y esa esperanza les mantenía en una lucha constante a pesar de las dificultades. Y aunque veían que la dictadura se iba imponiendo defendieron su causa hasta el final. En condiciones difíciles, de clandestinidad y con el riesgo de ser detenidos. A bastantes de ellos les cogieron y fueron encarcelados durante 20 o 30 años.

-¿Cómo se vive en medio de un hogar tan agitado políticamente?
-Crecí inmersa en estas luchas. Mi madre no rehusaba ninguna misión. Una de ellas era acoger en Francia a los refugiados políticos que venían de España. Les daba de comer y apoyo moral. También tenía misiones en el interior de España, como sacar a gente en peligro o llevar dinero y ropa que recogía en Francia a las familias de los detenidos. Y su tarea era también dar esperanzas de que otra situación era posible. Incluso traer propaganda porque en España la censura política era muy fuerte. La revista ‘Mundo Obrero’ se imprimía en Francia. Vivíamos en Perpignan y ella trabajaba allí. Pero los fines de semana viajaba a París en busca de los ejemplares y luego los llevaba a España.

-¿Cómo eran esos viajes a este lado de la frontera?
-Rápidos, porque no podía ser identificada.

“Supe más tarde que la maleta de mi madre tenía doble fondo”

-¿Y aparte de la acción política pura y dura, qué ambiente se respiraba entre los refugiados en los Pirineos Orientales?
-Un ambiente de lucha, de gente que se reunía y que participaba en acontecimientos festivos porque eso les daba energía y moral. Pero eran discretos. Yo veía que de vez en cuando mi madre iba a España. Más tarde supe que llevaba una maleta de doble fondo o que escondía el dinero en un oso. Ella contaba todo esto como anécdotas de una vida muy rica.

-¿En qué medida te influyó a ti esta vida?

-Iba creciendo e interesándome por la vida social y política del país. Ingresé también en el Partido Comunista Francés. Recibimos a los hijos de Julián Grimau después de que fuese asesinado…

-Tu familia jugó entonces un papel muy importante en la comunidad republicana exiliada a Francia.

-Sí, pero fueron miles los que lo hicieron. Hermanos y hermanas de mi madre, miles de comunistas en Francia…

“El compartir ha circulado por la sangre de mi familia”

-¡Claro, la lucha comunista sólo se entiende colectivamente!
-Sí, el compartir, el por y para los demás; eso ha circulado por la sangre de mi familia, que ha estado abierta a la miseria de los otros. Mis padres se privaban de sus bienes para recoger dinero para los presos. No se preocupaban de sus condiciones materiales.

-Ni de su vida.
-No. Mi madre pasó verdaderos apuros en varios viajes. Una vez viajó a San Sebastián para ayudar a cruzar la frontera a dos vascos condenados a muerte. Viajaban juntos en un vagón de tren, la pareja con documentación falsa, pelucas y demás, haciendo como que no se conocían. Un guardia civil le pidió la documentación a mi madre y vio que era de Durango. El también era de Durango y le acompañó charlando durante todo el viaje.

-Debía tener mucha sangre fría.
-Sí. También recuerdo que contaba que en otra ocasión viajó a Murcia a llevar dinero y propaganda, y de paso a visitar a su cuñada. Durmió en casa de mi tía. Puso la maleta arriba y cuando bajó de nuevo mi tía estaba blanca. Detrás de ella estaban dos guardias civiles. ¡Habían ido a ver el partido de fútbol en la tele!, je, je. Luego contaba estos episodios con humor. Tuvo una vida palpitante.

“Siempre encontraba gente que estuviera peor”

-¿Y cómo era tu madre en su faceta más personal?
-Siempre estaba preocupándose por los demás, nunca por ella. Cumplía aquella frase que repetía mi abuela: ‘Haz el bien y no mires a quién’. Si sabía que alguna persona del pueblo estaba enferma le hacía un pastel y se lo llevaba. Siempre encontraba gente que estuviera peor que ella.

-¿Y tu padre?
-Era un republicano que hizo la guerrilla en Levante. Estuvo preso seis años y en cuando salió, en 1948, tuvo que escapar. Pasó la frontera a pie. El Gobierno francés entonces apretaba mucho porque impedía a la gente agruparse en el Sur, en los Pirineos Orientales, para evitar que se desarrollase allí la organización comunista. El y mi madre se fueron cerca de Aviñón hasta el año sesenta. El no podía venir porque tenía un expediente judicial fuerte. En mayo del 68 fue a una ebanistería en la que casi todos los que trabajaban eran españoles a decirles que había que movilizarse y tomar partido. Unos fascistas le recriminaron que hiciera política en Francia e intentaron expulsarlo del país, pero personalidades políticas de la época, alcaldes y otros representantes comunistas, presionaron para impedirlo. Lo pasamos muy mal en aquella época. Los comunistas españoles no tenían derecho a expresarse entonces y los camaradas franceses hablaban en su nombre. Su situación legal era ambigua y no pudo tener pasaporte hasta 1977.

“Española de mierda”

-Tu madre también participó activamente en la Unión de las Mujeres Antifranquistas Españolas.
-Era una asociación con una base política más amplia que el Partido Comunista y servía para acoger a las mujeres procedentes de la inmigración de los años 39, 50 y 55 por cuestiones económicas. Desde allí se les ayudaba a integrarse en la sociedad francesa. Todos los refugiados y emigrados llevaban una vida bastante dura. Sufrieron bastante rechazo. También a mí en el colegio me llamaban ‘Española de mierda’. El papel del inmigrante es muy, muy duro. Ir a un país sin conocer la lengua, a buscar trabajo… es muy duro.

-Siempre hemos pensado que Francia era un país acogedor para los extranjeros.
-Ahora ha cambiado de gobierno, pero en los últimos diez años no se podía decir que lo fuera. El gobierno de derechas ha hecho gala de una ideología muy racista para conservar el poder. La ideología de Sarkozy ha sido muy peligrosa.


Visita a Durango

-¿Cómo ves el futuro del ideal comunista y de la causa republicana?
-El ideal permanece. Hoy nadie puede declararse satisfecho con la vida que tiene. Hay mucha gente oprimida económicamente y estamos en un sistema que no da una respuesta satisfactoria. Creo que todo el mundo puede compartir esto. Cada día hay una minoría más rica, que vive muy bien, y una mayoría  que vive cada vez peor cuando el progreso técnico debería garantizar una buena calidad de vida a todo el planeta, pero la riqueza ha sido confiscada por una minoría que maneja el mundo entero a su voluntad. De modo que hay que seguir luchando, pero no la gente entre sí sino todos contra los que dominan el mundo económicamente.

-Has contado que tu madre estuvo sólo una vez en Durango. ¿Cómo fue esa visita?
-Vino en 1989. Fue un sueño para ella, después de 52 años sin ver su pueblo y visitar los lugares de su niñez, la casa de Montevideo donde nació… Pero el primer día mi padre se puso enfermo y tuvimos que regresar. Luego no pude traerla y me dio mucha pena porque siempre tuvo ganas de volver para poder disfrutar de lo que le había faltado. Toda mi familia llevaba el País Vasco muy adentro.


“Aquí ha habido un silencio negro”

-El papel activo y protagónico de las mujeres en la historia se está rescatando poco a poco. Se conocen pocos testimonios de luchadoras tan valientes.
-Agradezco mucho a María González Gorosarri su trabajo y la presentación que nos hizo de él, que fue muy interseante. Las investigaciones sobre este tema para los españoles son muy desconocidas. No ha salido a la luz lo que hicieron muchas mujeres, pero en Francia hay información y se han escrito muchos libros. Aquí ha habido durante muchos años un ‘silencio negro’ que se está empezando a romper.

Marina se despide “sorprendida” y también “emocionada” y agradecida por el interés que la historia de su familia ha suscitado en los medios de comunicación locales. Piensa volver acompañada de sus dos hijos, que en estos momentos estudian en París y Canadá.

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1 Comentario

  1. durangarra
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    curiosa y bonita historia. Zorionak a la asociación que ha investigado y posibilitado que la conozcamos

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